María Josefa Yepes Gil, una mujer sin tiempo #13May

Luis Alberto Perozo Padua |

A Otto Enrique Sifontes Pinto, dedico.

Pocos días después que las tropas “mochistas” y “crespistas” chocaran en la Batalla de la Mata Carmelera, en donde Joaquín Crespo, quien comandaba personalmente a sus soldados, recibió un disparo fatal que acabó con su humanidad, nació María Josefa Yepes Gil, el 30 de abril de 1898, en el bucólico pueblito de El Tocuyo, estado Lara.

Aquel día, luego del torrencial aguacero, no se escuchaba un alma por la empedrada calle Real. Los vecinos atemorizados ni siquiera osaban asomarse por las rendijas de los postigos, tras conocerse la noticia de la marcha del mocho Hernández y sus huestes hacia Yaracuy con un alto en Barquisimeto, en donde quemaron la primera planta eléctrica de la pequeña ciudad, inaugurada dos años antes, causando un apagón general en su afán de derrocar a Cipriano Castro.

María Josefa, era la décima hija de don Juan Bautista Yepes Piñero y doña Josefa Antonia Gil Fortoul, (hermana del historiador y varias veces presidente encargado de Venezuela, José Gil Fortoul) unidos en matrimonio, en El Tocuyo, el 20 de enero de 1881. Fueron 13 hermanos fundadores de haciendas en el Valle del Turbio, a donde se trasladaron a partir de 1916.

Se impuso sobre las injusticias

María Josefa casó muy joven con Pedro Sifontes, un caballero de avanzada edad. Ambos pertenecientes a la alta alcurnia en un matrimonio arreglado, tal como se estilaba en aquella época. Del matrimonio nacieron: Josefina, Pedro Enrique y Graciela.

Pronto impuso carácter frente a lo que calificó como un error, y en aras de otro porvenir, decidió tomar sus maletas y se marchó. Voluntariosa y decidida, herencia de su abuelo, el general y doctor José Espiritusanto Gil García, conocido en la literatura histórica como “el Pelón Gil”, un jurisconsulto héroe de la Guerra Federal, diputado al Congreso Nacional en varios periodos y presidente del gran estado Barquisimeto.

Establecida en La Victoria, se paseaba en bicicleta por la plaza Ribas, vestida de corsé, sombrero y con lujosas y llamativas prendas, peripecia que contrastaba con su figura de dama, escandalizando a la sociedad que la criticaba entre murmullos.

En ese ínterin conoció a un alto funcionario del gobierno del general Juan Vicente Gómez, que posterior sería gobernador de Caracas. De sus amoríos, primeramente furtivos y luego formales con el mandatario capitalino, nació Yolanda.

A don Paúl Vizcaya Armando, lo conoció igualmente en Caracas, de quien se enamoró y procreó un último hijo: Otto Sifontes Yepes Gil, que por estar legalmente casada, llevarían el apellido de la primera unión.

Vizcaya era coronel y con sobrada solvencia económica, y aun cuando estaba dedicado a administrar sus posesiones de la hacienda Las Casitas, constituida por grandes extensiones de tierra en la vía hacia Caracas, y otro lote de hectáreas en el cerro El Ávila, se mantenía activo aplacando las revueltas y los intentos de golpes de Estado contra el régimen de Gómez.

Emprendedora de recio temple

Quienes conocieron a María Josefa, la describen como una mujer de elegante estatura, prestancia en el trato y de fragoroso carácter. Ávida lectora y estratega en su accionar. En las breves estadías en  Santa Ana, su hacienda del Valle del Turbio, cuya área era de 106 hectáreas situada entre los estados Lara y Yaracuy, usaba largos vestidos confeccionados por su hermana Abigaíl Yepes Gil, a la que solía visitar en la casona de la plaza Bolívar, hoy plaza Lara de Barquisimeto.

Durante las mañanas pasaba revista a los potreros repletos de ganado, con una pistola 38 Smith Wesson, cañón largo en la cintura, encima de un brioso caballo negro azabache que los peones –a hurtadillas-, habían apodado El Diablo.

La leche resultado del diario ordeño la cargaban en cántaros en un camión Ford del año 30, que la propia María Josefa conducía hasta Yaritagua o Cabudare, en donde ya la esperaban para hacer queso, nata y mantequilla.

Al ver la creciente demanda de la caña de azúcar en la zona, se aventuró a inmiscuirse en el negocio, y asesorada por sus hermanos Domingo Antonio y Daniel Yepes Gil, instaló un trapiche papelonero. La modesta maquinaria fue comprada en Alemania e instalada por sus hermanos José Antonio, Cruz María y Mariano Yepes Gil, propietarios del Central Tarabana.

Su vida fue discreta y apartada de sus familiares, quizá por todo lo que le tocó vivir. Amaba a sus hijos como nadie sobre la tierra, especialmente a Otto, el menor, protegiéndolo de “los pesares del mundo”, pero en resistencia siempre cuando no se cumplían sus designios, muy propio de “doña”, su madre, que se imponía a obstáculos superándolos con determinación.

Entre las anécdotas sobre el carácter ardoroso de María Josefa, cuentan que después de ser contrariada en una discusión por el coronel Vizcaya, que era su marido, tomó su pistola y con ímpetu la descargó hacia el techo increpándole que el próximo disparo iría directo a él.

Al matrimonio de su hijo Otto con Neyda Mercedes Pinto Aponte, no asistió, alegando tajante que no fue invitada con una tarjeta, formalidad que guardaba por ser una dama de su categoría. Tampoco aceptaba gestos de cariño como abrazos y besos, ni siquiera de sus hijos, mucho menos de conocidos.

Su madurez transcurrió en un apartamento enclavado en la bulliciosa avenida Victoria de Caracas. Ya había sorteado cualquier clase de retos, y guarecida entre textos de su espaciosa biblioteca, aturdida por la diabetes y el silencio ensordecedor de los recuerdos,a los 74 años, se marchó a otras instancias el 6 de septiembre de 1972.

Dos hermosas fotografías de María Josefa Yepes Gil, maltrechas por el paso del tiempo pero celosamente guardadas, junto a una nota expectante, nos obligó a rastrear los íntimos y ausentes detalles del tránsito vital de esta virtuosa larense sepultada en la cruelafonía del anonimato.

Luis Alberto Perozo Padua

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