#OPINIÓN Cronicario: Aquiles Nazoa unió en una balada de amor al “patito feo” con el “ruiseñor de Suecia” #10Mar

Solamente al talento, cultura e ingenio del poeta caraqueño Aquiles Nazoa podía ocurrírsele pintar como en un lienzo, en un tierno poema bajo los signos del amor, la amistad del escritor y poeta danés Hans Christian Andersen –famoso por sus cuentos infantiles– con la bella cantante lírica sueca Jenny Lind en una balada tan hermosa como plena de sabiduría.

El 2 de abril de cada año se celebra el Día Internacional del Libro Infantil en honor a este personaje nacido el 2 de abril de 1805 en Odense, Dinamarca, hijo de un zapatero instruido pero enfermizo y una lavandera protestante. Eran tan pobres que en ocasiones debió dormir bajo un puente y mendigar. Dedicó a su madre el cuento “La pequeña cerillera”, por su extrema pobreza, así como “No sirve para nada”, por su alcoholismo.

Desde muy temprana edad, Hans Christian mostró gran imaginación que fue alentada por la indulgencia de sus padres. En 1816 murió su padre, el niño abandonó la escuela y se dedicó a leer todas las obras que podía conseguir, entre ellas las de Ludwig Holberg y William Shakespeare. Siempre sintió que su origen humilde era un lastre y fantaseaba ser el hijo ilegítimo de un gran señor.

Con catorce años, Andersen huyó con poco dinero a Copenhague dispuesto a hacer fortuna como actor y cantante, escribió algunas obras y después de privaciones y desengaños, consiguió despertar el interés de personalidades del país que se ocuparon de su formación.

Quería convertirse en cantante de ópera y en Copenhague al principio fue tomado por lunático, rechazado y prácticamente se quedó sin nada, pero se hizo amigo de los músicos Christoph Weyse y Giuseppe Siboni, fundador y director de la Real Academia Danesa de Música, quien tras escucharlo, decidió patrocinar sus estudios, pero las malas condiciones de su habitación durante el invierno le hicieron perder la voz. No obstante, su tragedia “Alfsol” atrajo la atención de Jonas Collin, director del Teatro Real de Copenhague, además de Consejero de Estado y de cercanos nexos con el rey, quien sería su mecenas y también su amigo de por vida.

El rey Federico VI se interesó en el extraño muchacho y lo envió durante algunos años a la escuela de Slagelse donde pese a la antipatía del director perseveró en sus estudios y conservó notas que dejaron satisfecho al Consejero. En 1827 regresó a Copenhague y ese mismo año logró publicar su poema “El niño moribundo” en la revista literaria más prestigiosa del momento en las versiones danesa y alemana.

Andersen fue un viajero empedernido, “viajar es vivir”, decía. Tras sus viajes escribía sus impresiones en los periódicos y también temas para sus escritos. Para 1831 publicó el poemario “Fantasías y esbozos” y realizó un viaje a Berlín, crónica publicada con el título “Siluetas”. En 1833 recibió del rey una pequeña beca para el primero de sus largos viajes por Europa.

En 1834 llegó a Roma, Italia la que inspiró su primera novela, “El improvisador”, publicada en 1835, con bastante éxito. En este mismo año aparecieron también las dos primeras ediciones de “Historias de aventuras para niños”, seguidas de varias novelas cortas. Antes había publicado un libreto para ópera, “La novia de Lammermoor” y el libro de poemas “Los doce meses del año”, en principio no muy apreciadas, de poco éxito de ventas. No obstante, en 1838 Andersen ya era un escritor establecido y la fama de sus cuentos de hadas fue creciendo.

En 1838 comenzó a escribir una segunda serie y una tercera en 1843, publicadas con el título “Cuentos nuevos”. Entre sus más famosos cuentos se encuentran “El patito feo”, “El traje nuevo del emperador”, “La reina de las nieves”, “las zapatillas rojas”, “el soldadito de plomo”, “El ruiseñor” y “La sirenita”, entre muchos otros traducidos a más de ochenta idiomas y adaptados a teatro, ballets, películas, dibujos animados, juegos en CD y obras de escultura y pintura. Exitosa también fue su primera obra de teatro, “El amor en la torre de San Nicolás”, publicada en 1839. Por su más famoso cuento, erigieron la estatua a Andersen con el patito feo, en Central Park, de Nueva York.

Andersen se convirtió en un personaje conocido en gran parte de Europa, pese a no ser reconocido del todo como escritor en Dinamarca. Sus obras, para ese tiempo, ya se habían traducido al francés, al inglés y al alemán. En junio de 1847, visitó Inglaterra por primera vez, viaje que resultó todo un éxito. Después continuó con sus publicaciones, aspirando a convertirse en novelista y dramaturgo y no lo consiguió. Él tenía poco interés en sus cuentos de hadas, pese a ser por ellos valorado hoy en día. Aun así, continuó escribiéndolos y en 1847 y 1848 publicó dos nuevos volúmenes. Tras un largo silencio, Andersen publicó en 1857 otra novela, “Ser o no ser”. En 1863, después de otro viaje, publicó el nuevo libro, “En España” donde le impresionaron especialmente las ciudades de Granada, Toledo, Alicante y Málaga, donde tiene erigida una estatua,. Por muchos años, a partir de 1858 Andersen mantuvo la costumbre de narrar de su propia voz los cuentos que le volvieron famoso.

Para no hacer más larga esta crónica, era un hombre cargado de soledad. En su diario escribió esta súplica: “Todopoderoso Dios, tú eres lo único que tengo, tú que gobiernas mi sino, ¡debo rendirme a ti! ¡Dame una forma de vida! ¡Dame una novia! ¡Mi sangre quiere amor, como lo quiere mi corazón!”.

Andersen se enamoró a menudo de mujeres inaccesibles para él y muchas de sus historias se interpretan alusiones a sus fracasos sentimentales. El más famoso fue con la soprano Jenny Lind a quien conoció en sus viajes a Suecia y su afecto por el canto. Su pasión le inspiró el cuento “El ruiseñor” y contribuyó a que la llamaran el “ruiseñor de Suecia”.

Andersen solía mostrarse tímido con las mujeres y tuvo serias dificultades para declararse a Lind y lo hizo por carta cuando ella tomaba un tren para realizar un concierto. Sus sentimientos no eran correspondidos, porque ella lo veía como a un hermano, como expresó en una carta de 1844: “Adiós… que Dios proteja a mi hermano es el sincero deseo de su afectuosa hermana, Jenny”.

Otro amor no correspondido de la juventud de Andersen fue una chica llamada Riborg Voigt. Cuando murió junto al pecho del poeta se encontró una bolsita que contenía una larga carta de ella.

Johanna María Lind, (Imagen JLAsher, 1845) más conocida como Jenny Lind fue una exitosa soprano sueca nacida en Estocolmo el 6 de octubre de 1820, quien mantuvo una gran amistad con Hans Christian Andersen y a esa amistad el poeta caraqueño Aquiles Nazoa enlazó de amor con la Balada de Hans y Jenny, uno de los poemas más bellos de la lengua castellana.

La Balada de Hans y Jenny.

Verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia. Hans y Jenny eran soñadores y hermosos, y su amor compartían como dos colegiales comparten sus almendras.

Amar a Jenny era como ir comiéndose una manzana bajo la lluvia. Era estar en el campo y descubrir que hoy amanecieron maduras las cerezas. Hans solía contarle fantásticas historias del tiempo en que los témpanos eran los grandes osos del mar. Y cuando venía la primavera, él le cubría con silvestres tusílagos las trenzas.

La mirada de Jenny poblaba de dominicales colores el paisaje. Bien pudo Jenny Lind haber nacido en una caja de acuarelas. Hans tenía una caja de música en el corazón, y una pipa de espuma de mar que Jenny le diera. A veces los dos salían de viaje por rumbos distintos. Pero seguían amándose en el encuentro de las cosas menudas de la tierra. Por ejemplo, Hans reconocía y amaba a Jenny en la transparencia de las fuentes y en la mirada de los niños y en las hojas secas.

Jenny reconocía y amaba a Hans en las barbas de los mendigos y en el perfume del pan tierno y en las más humildes monedas. Porque el amor de Hans y Jenny era íntimo y dulce como el primer día de invierno en la escuela. Jenny cantaba las antiguas baladas nórdicas con infinita tristeza. Una vez la escucharon unos estudiantes americanos, y por la noche todos lloraron de ternura sobre un mapa de Suecia. Y es que cuando Jenny cantaba, era el amor de Hans lo que cantaba en ella. Una vez hizo Hans un largo viaje y a los cinco años estuvo de vuelta.

Y fue a ver a Jenny y la encontró sentada, juntas las manos, en la actitud tranquila de una muchacha ciega. Jenny estaba casada y tenía dos niños sencillamente hermosos como ella. Pero Hans siguió amándola hasta la muerte, en su pipa de espuma y en la llegada del otoño y en el color de las frambuesas. Y siguió Jenny amando a Hans en los ojos de los mendigos y en las más humildes monedas.

Porque verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia.

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