#OPINIÓN El amargo expediente de Pánfilo Pérez #16Mar

Marcantonio Faillace Carreño | Ilustración: Victoria Peña |

Escribo, escribo lo que siento, lo que siento en el momento, en el momento de escribir

Daniel Cabezas

Escribo para que la muerte no tenga la última palabra

Odysseas Elytis

 A veces me ha intrigado, como si se tratara de un acto de magia, entender cómo se plantea un relato. No existe un modelo preestablecido para fabricar un perfil específico o un prototipo de complot mental espontáneo para ello. El asunto que no reconocí o supe revelar, de pronto rompió en un océano de misterios. Generó un problema que más que argumentos juiciosos exploraba salidas urgentes, cauces por donde peregrinar hasta sí mismo sin dimitir en la tentativa, modos de ordenar desbarajustes donde regresar cada vez que el feroz círculo del estado nacional me suspendía entre la estolidez y el titubeo de una autocracia enajenada.

Por azar localicé una unión entre la dificultad que encierra y la derivación del marco originario. Existe una discrepancia directa cuando se trata de instintos de conservación y un estado absolutista que nos aísla. Un lazo terco y estancado pero al mismo tiempo infalible y evidente. El estigma que marca esos límites entre la confusión y la supervivencia, puede ser una contrariedad que va desprendiéndose no tan de a poco, hasta los descargos del absurdo.

No es tan habitual tener un recurso a la mano para manifestar narrativas, y modos de crearla. E invariablemente, en esas materias, la evasiva bien converge en el patrón del caos. Es a la sazón que Petrus, una persona plena de sí misma que normalmente caía parado en la convicción que se la sabía todas y más, con sus diversas obras de lectura regular cubiche se sudaba completo para dilatar su novela insurrecta Nada más burgués que la hamburguesita.

Temprano luego de orar a un escapulario del comandante Fidel se echaba al hombro el diario Vea y como quien no quiere la vaina y no mira más allá de su hocico, salía a la vía aún sombría. Esa vez mientras vagaba distraído en su texto de El Capital como si recorriera el Muro de Protección Antifascista o de la Vergüenza, unos malignos se le abalanzaron sin ton ni son proporcionándole una condena tan cruel, que perdió la memoria. El colectivizado proletario promovía su facinerosa inmunidad en cosechas de patria, socialismo o muerte.

Alcanzó el dispensario tan fallo que apenas si le curtieron el pellejo. Sin tener como atenderle y sin cedula de identidad le dieron de alta. Un cubiche mal medicado, lo situó de patitas a la calle para que fuera a casa, que por supuesto, no sabía donde quedaba. Tomó la buseta, y con el residuo en mente y su bolsa vacía, pidió que lo dejaran en la sede de AD en la Florida en un rapto de disidencia involuntaria. Sabrá dios por qué yerro, cuando ya en el sitio, otro disidente del régimen lo notó mas perdido que el hijo’ e Lindbergh y advirtiendo la vista traspapelada, lo arrastró al final de la sede, y lo desajustó a puñetazos. Lo que mejor mencionan los Colectivos de la Piedrita y 5 de Marzo… ¨incondicional apoyo ciudadano¨

La mala láctea no acabó allí. Cuando avivó cerca de la Funeraria Vallés, mas obrado que palos de gallinero, un chispeo de luz ancló de ultratumba y recordó vagamente su zona residencial en la Av. Andrés Bello: un chófer abusivo le retuvo la chaqueta y las botas, pues al arribar a casa, no tenía como pagarle. Luego del circuito agrio, consiguió que el bedel del edificio le enviara hasta su apartamento, y al abrir el portón, su señora estaba con el vecino mientras éste, sin ropa, le proporcionaba un restregón rejuvenecedor en cuatro pastas.

La savia puede ser un caleidoscopio de barbarie. Su mujer, percatada de la amnesia, se hizo pasar por arrendadora y el muy extraviado se tragó el cuento y se excusó con ambos pidiéndole que le dispensaran, pues no se acordaba de su nombre. La esposa que lo odió por años, por tacaño y mala cama, le señaló su nombre como Pánfilo Pérez y que como debía la renta habría de laborar para sufragar su sustento en esa casa donde de patrón paso a lacayo cornudo. Si para ejecutar una tradición marxista hay que tener perspectiva, nadie en su sano juicio se le ocurriría (quizás a San Nicolás Maduro en P-ascuas) un dislate tan rojo rojito.

El epilogo vino al día siguiente cuando Petrus P. por un aneurisma amaneció vegetal ayudado por la golpiza. La señora empleó liquidación, entregó la casa y huyó con el vecino a malgastar los dólares obtenidos. La rebeldía zanjó en muerte súbita. La lección es para el que cree que se las sabe todas. Y la ficción, un memorándum que invoca más sabe la diabla por veterana que por rancia. Firma el anticristo: íncubo del supremo comandante galáctico.

Marcantonio Faillace Carreño  

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