#COLUMNA Soliloquios de café: La amistad… es mi pasión #26Abr

Maximiliano Pérez | Ilustración: Victoria Peña |

“Di a todos mis amigos que soy siempre el mismo…

Diles que la amistad tiene en mi corazón un templo y un tribunal, a los cuales consagro mis deberes, mis sentimientos y mis afectos, por último, diles que la amistad es mi pasión  y que, por consiguiente, ellos son los objetos que ocupan mi alma y mis sentidos”.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco.

Así expresa su opinión sobre el inmenso sentimiento que es la amistad, en carta escrita al coronel José Leandro Palacios, el 16 de mayo de 1.817, el más grande hombre del cual he tenido conocimiento, el Libertador Simón Bolívar, fue un mensaje enviado a los compañeros que permanecían en el extranjero invitándoles a regresar a la patria.

Me inspiró escribir sobre la amistad porque me he apegado a estas palabras de Simón Bolívar, y por haber recibido de Rolando Loeb, amigo de siempre y continuidad de la amistad iniciada por nuestros ancestros, un recordatorio de la poco conocida pero histórica anécdota protagonizada por el Libertador y el General José Laurencio Silva la noche que bailaron…

Durante la época colonial se acostumbraba celebrar los días de los santos con gran pompa,  se creía que esas fechas eran en las que debían celebrarse los cumpleaños.

En octubre de 1.825 llegó Bolívar a la Villa Real del Potosí. Prendado de los encantos de Joaquina Costas firmó un Decreto el cual dice: “Prolongo mi estadía en Potosí hasta el próximo 28 para celebrar aquí mi cumpleaños”. La ciudad entera se engalanó para honrar su presencia.

La noche del 27 se inició los festejos con bailes populares en la Plaza del Regocijo, fuegos artificiales y le dieron una serenata.

El día 28 (día de San Simón) fue saludado con una descarga de artillería. A las 9 de la mañana hubo una misa en la Iglesia de la Compañía de Jesús; en la noche los empleados de la Casa de la Moneda ofrecieron un gran banquete en los salones más elegantes del edificio; en las instalaciones de las Arcas Reales.

Vistió no con su uniforme militar sino con traje de fiesta: un elegante frac de paño negro de corta levita, medias de seda, zapatillas de charol con hebillas de oro, corbata blanca, calzón corto de paño y por única condecoración “la medalla de Washington obsequiada por el Presidente de los Estados Unidos”.

Como buen observador que era se dio cuenta que las damas de la aristocracia no querían bailar con el General José Laurencio Silva por su color oscuro; no estaban acostumbradas a bailar con hombres negros.

Notable diferencia con los venezolanos; somos café con leche, unos más leche y otros más café.

Sin manifestar molestia mandó a parar la música y dijo en voz alta al General Silva: General José Laurencio Silva, héroe de mil batallas y Salvador de la Patria, permítame el altísimo honor de bailar con Usted. Entonces danzaron hasta que los aplausos opacaron a la orquesta. Después de esto las damas decidieron bailar con el General Silva.

Fue tan grande la amistad que unió a estos dos hombres, y la fidelidad que como hermanos se profesaron que al momento de la muerte del Libertador José Laurencio estuvo a su lado y al ver que iba a ser enterrado con una camisa rota, corrió a buscar la mejor de sus camisas de seda y se la colocó a su gran amigo… el Libertador Simón Bolívar.

“Un barco frágil de papel parece a veces la amistad pero jamás puede con él la más terrible tempestad porque ese barco de papel tiene aferrado a su timón por capitán y timonel… a un corazón”. Facundo Cabral.

Maximiliano Pérez

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