Se afina el ingenio popular para cocinar a leña

Freddy Omar Durán Diario La Nación | Foto: Cortesía |

La espera por el gas en el Táchira se hace cada vez más larga. Esto ha conllevado en muchos hogares hacer de las cocinas a leña el método más a la mano para la preparación de alimentos, cuando los apagones se alargan, o sencillamente, por economía o por razones técnicas, no se pueda disponer de las hornillas eléctricas.

En principio se trata de tener el soporte que separe los alimentos a cocinar de las llamas; pero esto da pie  una serie de inconvenientes que el ingenio popular se aviene a resolver, habida cuenta de que se deben considerar las soluciones a largo plazo.

Foto: Freddy Omar Durán

Cocinar a leña no ha sido una opción ajena a muchas familias, pero para ocasiones muy especiales, y siempre que se haga en patios o porches amplios y ventilados, donde o se construyen hornos de ladrillo y barro, o se acomode una barbacoa portátil. Pero tales alternativas requieren espacio y dinero, y sin estos entre las personas de más bajos recursos, y  la urgencia de verse sin gas y ni electricidad, la necesidad pone a trabajar rápido a la mente, o al menos a correr a donde el vecino que ya haya dado con una respuesta.

Una parrilla, o lo que se le parezca, puesto sobre un tonel metálico, un rin de automóvil adherida a una base firme, o sencillamente un pote de pintura sirve, siempre y cuando el depósito donde la leña se consume cuente con una abertura para introducir la leña –podría reemplazarse por el carbón, lo cual resulta muy oneroso- y para que el viento haga su parte, así como otro para el desfogue del humo. Sin embargo, hay que tomar muchas medidas de seguridad, pues los incendios, las quemaduras, las intoxicaciones, los sofocamientos, y lesiones en el aparato respiratorio son peligros que no se pueden descuidar.

Algunos improvisan, mientras otros aplican arte e inventiva como Edgar Rodríguez, en Zorca Providencia, quien tomó una catalina de moto, cortó la parte de arriba de un cilindro de gas de soldadura, armó una especie de tubo de escape cúbico con latón, y los ensambló y descansó ese aparato tan estético como práctico sobre un pequeño soporte cuadrado. Se lo prestó a su hermano, quien aseguró que funcionaba, y que se estaban confeccionado para la venta.

Cocinar en familia

Éver Jerez, en Zorca Providencia, se contagió del entusiasmo de su padre, residente del barrio La Playa, y empezó con el “potecito”. Pero no se quedó así y, a punta de reciclaje, hizo crecer un proyecto que incluye iluminación, una buena chimenea, un toldo para protegerse de las inclemencias climáticas, y un mueble para colocar las preparaciones, los utensilios, y la madera. Hasta con un tubillo de cobre se las arregla para aumentar la llama, prescindiendo de los abanicos, y con pintura seca prende la fogata. Muchos vecinos, curiosos, se acercan para preguntar y ver si se copian ideas.

—La situación de escasez de gas me llevó a esto -afirmó Jerez-.  Primero pensé en hacer aquí una banquita con unos palitos que conseguí afuera. Hasta que se fue el gas, y me acordé que mi papá a mi mamá la perdimos hace 15 meses- ya había probado con los potes. Me sorprendí y le pregunté: “¿eso prende?”, y me respondió “claro que funciona, mire, rapidito”. Me conseguí dos potes y una parrilla para ponérsela encima. Entonces le dije a mi esposa: “No Mary, vamos a inventarnos una cocina”. Agarré una lata, la medí y corté, para la parte inferior, sobre la cual pongo los potes, a los cuales se les van agregando los palitos, poco a poco. Luego le agregué a los lados dos puertas de nevera, que tuve que enderezar. Para el techo y la chimenea usé la falda de una lavadora. La carpa me la regaló mi hermano, y me sirve para que el sol no me pegue tanto en la nuca. Esta mesita, donde se ponen los peroles, era algo que tenía para subir la moto a la casa. Para la instalación de la lámpara, rompí un poco la pared. Para no echar aire con un abanico y terminar echándome la ceniza encima, soplo por este tubito de cobre y así agarra más llama, sin tanto humo.

Pero no teniendo con una cocina, adaptó un viejo cuñete de manteca Diana para los hervidos, que toman más tiempo, como los que se sirven en reuniones familiares.

—Ahora este sistema –agregó– lo tienen mi hermano, mi hermana, la cuñada, la sobrina, y por aquí muchos más. Aunque solventé muchas cosas, esto no quiere decir que la incomodidad se acabe: hay que estar pendientes de que la candela no se acabe, se sigue llevando calor y comiendo. Y si antes me preocupaba el gas, ahora me preocupa la leña, pues ni se consigue. Últimamente, me voy lejos en la moto, porque aunque estamos rodeados de cerros, ahí ya no hay nada de árboles. La semana pasada me metí bajo el puente que tenemos aquí cerca y había un árbol grandísimo, que arrastró el río. Entre un vecino y yo lo partimos; pero no pudimos sacarlo todo.

Con la estufa, las funciones de Éver Jérez no se limitan a las de diseñador, debe operar su invento, procurar la reserva de combustible vegetal, y ser cocinero; mientras su esposa se dedica a sus dos hijos, especialmente al de 7 meses, el que precisamente lo obligó a ponerse inventivo, evitando a toda costa el contacto con el humo.

Para más información www.lanacionweb.com

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