#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: De la belleza #11Nov

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

En mi artículo anterior hablé de la belleza de la intimidad y alguien me rebatió diciendo que ésta no tenía nada de bella, que cuál belleza hay en comer o ir al baño. Esto me recordó la película de Buñuel donde la gente se reúne alrededor de una mesa para defecar y en cambio se encierra a solas en un retrete para comer. Cosas del humor sarcástico del gran cineasta surrealista español para hacer su crítica social. Me señalaba la misma persona, que se han puesto de moda las mujeres amamantando en sitios públicos, como centros comerciales, estaciones de metro, etc. Cierto, nada de bello tiene esa impudicia en desabrochado traje de calle. En cambio, en la discreción de una alcoba, la vaporosa bata abierta naturalmente, la escena puede ser de mucha plasticidad. La belleza necesita un marco apropiado.

Un hombre tan bien hecho como el David de Miguel Ángel o una mujer como la Venus Belvedere, caminando desnudos por una calle en medio del tránsito de vehículos, es un espectáculo grotesco, terminarían muy justamente en la cárcel. Si nos los pusieran rodeados de los cortinajes de una habitación palaciega, frente a las aguas de un lago o entre los rayos de sol colándose en un bosque, nos quedaríamos extasiados. Más allá de la desnudez que a algunos podría chocar, se impone la belleza enmarcada de acuerdo a su rango. Incluso la fría beldad en mármol sólo se ve bien en un pedestal, en una plaza, porque la belleza es majestad.

Todo tiene su ocasión, momento y sitio oportunos, si no, se desafina. Es algo que hemos olvidado en este mundo descuadrado. Modas playeras se usan en la oficina y el blue-jean es prenda de reuniones nocturnas. Ellos y ellas se forran en franelas apretadas para exhibir sus rollos de grasa. Las flacas se desabotonan para estar de acuerdo acon el tango:…, una percha en el escote, bajo la nuez… Y los masculinos, ¡ay, Dios!, shorts de donde salen unas canillas flacas y peludas caminando por la acera. ¡Señoras y señores, si no hay ética por lo menos que haya estética!

Dostoievski escribió que la belleza salvará al mundo y no es una simple frase poética, sino profundamente teológica. La belleza única, suma de todas las bellezas, es Dios y sólo él puede salvar al mundo. Es decir, en lo espiritual y trascendente está la solución, pero la humanidad ha caído en la explotación de la belleza física, sobre todo para fines comerciales.

La publicidad, desde que se convirtió en arma poderosa del mercantilismo con el desarrollo de los medios audiovisuales, nos ha saturado con la exhibición, primero, de la desnudez femenina junto a un producto, luego, ¿con afán justiciero?, también con la masculina. En publicidad no hay otro afán que el de la novedad para vender. Hablo de saturación porque observo como esa profusión de venus y apolos sólo permanece ahora en la propaganda de afeites; ha disminuido mucho o desaparecido, en la de bebidas y alimentos. Éstos ahora son presentados por niños, animales parlantes o pequeños monstruos.

La monstruosidad ha dado un manotazo a la belleza. Lo vemos también en la cinematografía. Es una moda propia de este mundo descuadrado al que hice referencia. Es una metáfora porque la Tierra es redonda, no se puede descuadrar lo que de suyo no acepta cuadratura, ¡es descuadrada de hecho! Entonces, hablemos más bien de desafinación.

El mundo ha perdido la armonía. La humanidad ha equivocado los acordes. Dios le dio una melodía para engrandecerla acompañándola, inventando nuevas formas y completar la gran sinfonía de la Creación, pero equivocó el rumbo, cogió por mal camino.

Hay que volver a la belleza siguiendo la aseveración de Dostoievski. La belleza del arte y de la fe. Los artistas son creadores de armonía de colores, formas, palabras y sonidos. Los santos contagian a las almas de pureza, abnegación, misericordia, paz y amor. ¡La Belleza es Amor!

Alicia Álamo Bartolomé

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