#OPINIÓN Más historias patrias #29Abr

Antonio A. Herrera-Vaillant | Ilustración: Victoria Peña |

El castro-comunismo lleva 62 años engañando incautos en Venezuela – la diferencia en los últimos 22 años es que lo hizo desde el poder más absoluto que conoce nuestra historia.

El tema ideológico fue aquí siempre una farsa. En Venezuela, aún en los peores momentos de asedio guerrillero-terrorista de los años 1960, persistió la tolerancia y la ilimitada difusión de todos los mitos, mentiras y medias verdades que propaló la extrema izquierda para destruir la democracia.

Una característica central del socialismo es que el Estado posee los principales medios de producción. Luego Venezuela se pudo llamar socialista desde 1976, cuando estatizó el petróleo y el acero, y los gobiernos pasaron a acaparar directamente la casi totalidad de las divisas que recibía la nación.

Venezuela mantuvo las garantías económicas suspendidas casi continuamente desde 1939 hasta 1991, otorgando a los sucesivos gobiernos total dominio y poder arbitrario sobre la economía, con todo tipo de controles discrecionales, propicios a diversos tipos de corrupción.

Aún así, una continua demagogia populista se encargó de demonizar y acorralar constantemente al sector productivo, achacándole cuantos problemas sociales y desigualdades económicas aquejaron históricamente a la sociedad venezolana.

Como atenuante, junto al Estado avasallante y asfixiante, la intrínseca vocación democrática, amplitud y tolerancia de los principales partidos y dirigentes, permitió que, entre 1961 y 1998 el país disfrutase amplias libertades, de información, opinión y acción; más alternabilidad política y una institucionalidad que – aún con fallas – sirvió de contrapeso a los peores abusos y excesos del poder.

Luego, una camarilla de felones uniformados, civiles canallas, albaceas de viejas dictaduras y traficantes económicos, enfocaron toda una frustración popular en destruir los pilares centrales de esa democracia –la constitución y los partidos mayoritarios – y terminaron resucitando las más perniciosas lacras del pasado: Un abyecto culto a la personalidad y un gorilismo pandillero y mercenario.

Aquí no ha habido “revolución” alguna. Apenas se regurgitaron todos los peores males del pasado más lejano, en versión corregida y aumentada; disfrazando todo de “socialismo” de cara a la galería internacional.

Hoy el régimen se anarquiza aceleradamente entre sus propias miasmas, mediocridad y sevicia – y camina hacia la desintegración. Esperemos que una Venezuela futura quede purgada, y erija vacunas – como las que se establecieron contra los nazis – para que los mismos virus no puedan revivir.

Antonio A. Herrera-Vaillant

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