El salario mínimo alcanza para adquirir un huevo de gallina por día

Pacifico Sanchez |

Al trabajador venezolano ya no le llama la atención el anuncio que hace, cada primero de mayo,  Nicolás Maduro, dice Julio Marín, presidente del Sindicato de Empleados Públicos del Ejecutivo del estado Lara. 

Porque el aumento decretado es basura, pues no sirve para nada, agrega Andrés Velásquez, quien fuera dirigente sindical de Guayana, gobernador de Bolívar y excandidato presidencial.

Alcanza apenas para adquirir,  diariamente, un huevo de gallina, lo que resulta insólito que de esa manera pueda alimentarse un trabajador y su grupo familiar, sentencia el doctor León Arismendi, abogado laboral y profesor universitario.

Trabajadores, pensionados
 y jubilados mueren de hambre

Sólo en Barquisimeto se registró la protesta de los trabajadores este año, en la ocasión del Día del Trabajador, destaca Julio Marín  a Elimpulso.com porque viniera ese día Juan Guaidó, presidente de la legítima Asamblea Nacional, sino porque con anticipación habíamos elaborado un documento para enviarlo al Poder Legislativo, a fin de pedir la ayuda humanitaria para los trabajadores, tomando en consideración la situación por la cual atraviesan millones de personas, que apenas sobrevivimos.

Los trabajadores no se asombran de esos aumentos, comenta. Anteriormente, había expectativa cada primero de mayo por los aumentos salariales, que no es que han sido aumentados, sino reducciones.


Cuando llegó al poder Hugo Chávez, lo mínimo que ganaba un trabajador eran 250 dólares, expuso. Y al asumir Maduro,  en el 2013, ya se había reducido el ingreso mínimo a 200 dólares.


Al 30 de abril de este año estaba a 0,65 centavos de dólar. Y si lo ha llevado a 7 millones de bolívares el salario y a 3 millones el bono alimentario, todo esto viene siendo algo asi como 3  dólares cuando lo perciba.


Si como dice el oficialismo, los beneficiarios son 8 millones de personas, divididos en trabajadores de la administración pública y los pensionados y jubilados, nadie se beneficia con esa miseria que se va a pagar.


Las cifras alarmantes que han dado a conocer los especialistas, como el doctor Jesús Casique, son también demoledoras para el régimen: el año 2020 terminó la inflación con 3000 por ciento de aumento,  la devaluación del bolívar ocasionada por el régimen se ha situado en más de 3 mil millones por ciento y la inflación acumulada desde que Maduro asumió el poder es de 30 mil millones por ciento.


Seguidamente, Marín pregunta: ¿Qué salario puede aguantar esa carga?  Si el aumento hubiera sido de 30, 60 o mucho más, indudablemente, no hubiera tenido ninguna incidencia porque el bolívar ha sido pulverizado por la hiperinflación.
Es por ello, recalca, que estamos pidiendo un auxilio de ayuda humanitaria para todos los trabajadores, jubilados y pensionados. Porque éstos últimos dieron la mayor parte de su vida al trabajo y hoy se están muriendo de hambre.

Salario miserable

Lo decretado por Maduro el primero de mayo es basura, pues no sirve absolutamente para nada, expresa indignado Andrés Velásquez al declarar a Elimpulso.com.


El salario mínimo más miserable del mundo es el de Venezuela, prosigue. Los trabajadores tienen peores condiciones que las de la esclavitud, ya que no se trata solamente del salario, sino de la higiene, de la seguridad social y la de la preservación de su familia. Es doloroso que jubilados y pensionados, que debieran disfrutar de sus últimos años, tengan que vivir amargos días porque no tienen para comer, ni para adquirir los medicamentos que requieren.


Al mismo tiempo, cuando el país está dolarizado, se corrobora un hecho cierto: en Venezuela no hay moneda nacional, ya que la hiperinflación destruyó su valor.

Para que los trabajadores puedan recuperar sus derechos hay una condición de prelación: desalojar  del poder a Maduro y su pandilla, restablecer la democracia y la institucionalidad, para que vuelvan los contratos colectivos y se puedan recuperar las reivindicaciones de los trabajadores y los beneficios para sus familiares. Porque mientras tengamos dictadura, ésta hará el papel de sindicalista y patrón a la vez.

En la ruina todos

Para el doctor León Arismendi, el aumento del salario mínimo revela que el régimen arruinó el país.

Es insólito ese incremento, asevera. Los siete millones de bolívares como salario representan un poquito más allá de los dos dólares y los otros tres millones de bolívares del ticket alimentario socialista, es otro poquito más allá de un dólar. 
En todo caso, la remuneración no guarda ninguna relación con el desempeño del trabajo, manifiesta. 

La Constitución  reza que el salario debe ser suficiente para la manutención del trabajador y su familia, ya que ese trabajador tiene derecho a resolver sus necesidades esenciales; pero, con esa cantidad de dinero no se resuelven las necesidades de una persona y, por supuesto, tampoco las de sus familiares.


Constitucionalmente, el salario mínimo debe ser vital, reitera. El patrono, de acuerdo con la ley del ticket socialista,  tiene la obligación de garantizarle al trabajador una comida diaria.  Pero, con esos 10 millones que se le pagarán ahora,  inevitablemente, tenemos que preguntar:  ¿A quien se le ocurre que alguien pueda comer un mes con esa cantidad y mantener a su familia? Si tenemos como ejemplo que un cartón de 30 huevos  cuesta en este momento diez millones, el salario mínimo y el ticket alimentario  son equivalentes a una unidad de postura de gallina por día.

Se refiere el doctor Arismendi a las recomendaciones,  que le hizo la Comisión de Encuesta de la Organización Internacional del Trabajo al régimen, entre las cuales figura el Convenio número 26, que  establece lo relacionado con los método  para establecer el salario mínimo.

El régimen tenía que estar informando a ese organismo,  las medidas procedimentales, como la consulta tripartita, es decir con las organizaciones representativas de los trabajadores y de los empleadores, observa. Pero, una vez el Ejecutivo Nacional lo hizo unilateralmente, como ya es su costumbre. Y nuevamente tenemos una decisión arbitraria, que tiene el rechazo unánime de los trabajadores.

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