#OPINIÓN Al maestro normalista Hernan Prieto Castillo #10May

Luis Eduardo Cortés Riera | Ilustración: Victoria Peña |

“Cuando hay educadores de primaria de verdad,
hay ciudadanos dignos y capaces.”

Luis Beltrán Guerrero.

Hace más de media centuria que me senté en los pupitres del aula de sexto grado sección “A” en el magnífico Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza de la ciudad dela antigua ciudad de Carora, recién llegado de los Andes que me vieron nacer. Algo extraordinario me aconteció entonces en aquella institución que era dirigida por mi padre, Expedito Cortés, y en donde residíamos, puesto que esa noble y hermosa planta física contaba con dos residencias familiares, una para el director y la otra para el subdirector, hogaño lamentablemente ocupadas en otras actividades.

En 1964, sucede la hermosa historia que me aconteció con mi maestro de último año de primaria, el olvidado docente de primaria Hernán Prieto Castillo. Él llega desde Barquisimeto recién graduado de la Escuela Normal Miguel José Sanz, acompañado de su hermano menor, Carlos, a laborar llenos de entusiasmo en esa escuela que por entonces era centro piloto de la educación en el Distrito Torres. Causaron una conmoción este par de galantes y encantadores pedagogos “extranjeros” recién llegados. Fue un hecho sentimental y académico que deja fuerte impronta en mi memoria, lo que de seguro tenía relación con la extrema juventud de aquellos educadores, tan bisoños como entusiastas. Todos hablaba de ellos, de “los Prietos”, como se decía, tanto en el recinto escolar como en la pequeña y apacible ciudad de Carora de entonces. Eran los inicios de la democracia y se respiraba un aire de euforia libertaria en Venezuela.

Hernán era delgado, enjuto de carnes, y de una mirada inquisidora que inspiraba inmediato respeto. Por momentos entraba en largos mutismos que denotaban profundos pensamientos. Lucía impecable en el vestir y estaba siempre bien rasurada su cabellera negrísima. Nunca usaba camisas mangas largas, por lo que siempre mostraba sus delgados brazos y sus nerviosas y alargadas manos que me recuerdan las del pintor germano del Renacimiento Alberto Durero. Llegaba caminando y se marchaba de igual manera tras cumplir con el lamentablemente desaparecido doble turno escolar, que se acaba a fines de la década de 1970. No tenía vehículo automotor alguno, pero sabía conducirlos.

Bajo su magisterio le tomé un gran cariño y admiración a la lengua de Shakespeare y de Edgar Allan Poe, pues en algunas ocasiones nos enseñaba el significado de algunas palabras anglosajonas, lo cual no figuraba en los constreñidos y anestesiantes programas educativos de siempre. Y es que Hernán quería seguir estudios en esa lengua no romance en el recién instalado Pedagógico de Barquisimeto, aspiración que nunca logra concretar, pues debió quedarse hasta su jubilación en Carora. Su hermano Carlos tenía el mismo amor por los idiomas y logra coronarse como profesor en lenguas modernas. Hernán no lo logra y ello fue motivo de una cierta tristeza y frustración en tan inteligente educador que era mi maestro de fines de primaria.

Su genio se expresaba de distintas maneras, una de ellas era la de que era el autor de un periódico humorístico con caricaturas salidas de sus febriles y nerviosas manos. Era de un ácido humor aquel pasquín que llegó a inquietar a algunos docentes, incluido mi padre. Esto motivó mucho al muchacho que era yo entonces, pues vi aquello como un portento a ser imitado y que creo haber seguido hasta el presente.

Le daba mucha importancia mi maestro a las ilustraciones y a los dibujos, en tiempos en que aquellas provincianas escuelas no conocían de proyectores de diapositivas, ni de videos beams. Se comportaba Hernán como un contemporáneo Amos Comenius, como cuando se quedaba mirando nuestros dibujos con cierta admiración y asombro, tal como cuando cierta vez le mostré una composición que representaba un mundo primitivo de volcanes humeantes, feroces dinosauros y reptiles alados antidiluvianos, salidos de mi imaginación de preadolescente, bellamente coloreados con los excelentes e insuperables lápices de Prismacolor. Me puso veinte puntos y cada vez que había que hacer carteleras escolares me llamaba a mí de primerito.

Había en mi maestro de sexto grado otra cosa que me impresionaba y me impresiona hasta el presente: el armario o escaparate metálico de su aula de clases. Allí había una biblioteca pequeña de tamaño pero descomunal en contenidos, que contenía los más heteróclitos títulos: su majestad el Algebra de Baldor, el inmortal poemario Residencia en la tierra del chileno Pablo Neruda, el Libro Guiness delos récords, el paquidérmico volumen Venezuela y sus recursos del cubano Leví Marrero, La Constitución de Venezuela del año 1961, el Pequeño Larousse. A un lado se hallaban otros útiles escolares preciosos: un estuche con marcadores de alcohol, que eran novedad entonces, un termómetro de pared que siempre marcaba 26 °C, tizas de colores amarradas con una liguita, una impresionante regla de madera Pelikan que jamás usó para castigarnos, dos pelotas de softball nuevecitas y un guante de baseball marca Wilson.

Él pertenecía al célebre equipo de pelota formado de educadores llamado Los Flacos, que se enfrentaba en el viejo estadium La Esperanza, situado en la avenida Francisco de Miranda, a los integrantes del otro equipo de educadores, que por su contextura rolliza se les llamaba Los Gordos. Las gradas eran un auténtico frenesí de maestras y alumnos de las distintas escuelas de Carora que animaban a sus respectivos equipos. Es que en Carora es el béisbol una suerte de segunda religión.

Sobre el techo de ese mágico mueble escolar, una especie de armario y biblioteca, se podían ver vasos y frascos de cristal, en donde en un experimento protagonizado por nosotros los alumnos, germinaban exuberantes granos de caraotas negras extendiendo sus ramitas hacia el elevadísimo techo de madera de aquella escuela que diseñara en estilo “neocolonial” el arquitecto Carlos Raúl Villanueva para el gobierno civilista del general Isaías Medina Angarita.

No le daba importancia al hecho de que quien escribe fuera el hijo del director de aquella deslumbrante y admirable institución educacionista que había sido inaugurada en 1949, y que el populacho llamaba La Concentración. No, su trato era igualitario y democrático entre aquellos alumnos que venían de sectores populares, la clase media baja de los barrios aledaños al plantel: el Trasandino, Pueblo Aparte, Santo Domingo-Brasil.

Una vez jubilado marcha Hernán a su ciudad natal, en donde daba rienda suelta a su decidida dromomanía, ataviado de gorras y zapatillas de goma atravesaba a pie la anchurosa ciudad de Barquisimeto de Este a Oeste. Me topé con él en las cercanías de la Biblioteca Pío Tamayo de Barquisimeto y me pregunta emocionado, con brillo en su mirada, por mis libros y escritos. Le dije que en la Sala Larense de la Pío Tamayo los podría encontrar, acto seguido nos fuimos a ese agradable recinto en donde revisa allí mi producción escritural impresa, y en la planta baja lo hace con mi blog Cronista de Carora en las computadoras. Al final me dio un conmovido abrazo que jamás podré olvidar.

En ocasión en que el doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa se lanza como candidato presidencial en 1968, en abierta disidencia con los adecos, funda el Movimiento Electoral del Pueblo, fue Hernán uno de los más entusiastas promotores de las aspiraciones de gobierno de este singular político y escritor margariteño, quien fue invitado a la Casa del Educador de Carora por mi padre, el profesor Expedito Cortés, a la sazón presidente de la Federación Venezolana de Maestros, seccional Torres.

Hernán era tan frugal en su alimentación que jamás se le podía ver en la cantina escolar. No le probaba alimentos sino a muy contadas personas. Era una suerte de Gargantúa al revés. Este rasgo de su personalidad, que chocaba en la opípara Carora de siempre, le acompaña hasta su fallecimiento en la ciudad de Barquisimeto en 2015. Cual Emmanuel Kant, no deja descendencia este extraordinario docente de aula que nunca ejerció cargos directivos y que laboraba dos turnos de primaria diurnos y un turno nocturno en la Escuela Cecilio “Chío” Zubillaga Perera, que no contrajo matrimonio, pero que no se despidió del mundo en estado célibe. Fue de esos docentes que no conocieron internet, ni Google, ni teléfonos inteligentes, ni videos beams, pero que edificaron un sólido apostolado educativo a base de buen ejemplo ciudadano, puntualidad, pizarrón, tiza y saliva.

Paz a su alma.

Luis Eduardo Cortés Riera

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