Editorial: Muy tarde para el arrepentimiento

La crisis socio-política-económica de Venezuela parece haber tocado ya fondo y despertado, la verdad sea dicha, a los ciudadanos, cuyo aguante ha llegado al límite de lo que puede resistir. La gente ha salido de nuevo a las calles fusionando su ira con la protesta, desafiando a los violentos, civiles y militares, que le salen al paso.

Es la respuesta adecuada para los responsables absolutos del descalabro de un país que pudo haber tenido mejor suerte si no hubiese tropezado con el castrismo y su pandilla de criminales que ya en una oportunidad habían intentado una invasión territorial contando con la complicidad de trasnochados seguidores del hoy fallecido matarife del Caribe.

A quienes invocan a cada momento un golpe de Estado, acusando a los opositores al régimen, les ha salido el diablo, y no precisamente el de Carora. Los golpistas estaban nada más y nada menos que en el santuario de ese chavismo conocido como TSJ donde todo lo que llega tiene fuerza de ley  si el remitente procede del llamado Palacio de doña Jacinta.

Los golpistas, ahora si tienen nombres y apellidos, creyeron en la omnipotencia del mandamás y en un gesto de alabanza y fidelidad propusieron quedarse con la Asamblea Nacional para hacer y deshacer, y rendir de esa manera culto a quien le otorgó el privilegio de la magistratura.

Pero el pueblo no es tonto como muchos de ellos suponen. Los más ingenuos alegaron que ellos no habían votado por el TSJ sino por los candidatos a integrar la Asamblea Nacional para convertirlos en la voz de sus anhelos y esperanzas.

Nunca se imaginaron los del golpe la reacción de los venezolanos y de la gran comunidad internacional. Ante el rechazo unánime de las pretensiones del oficialismo, incluyendo a muchos de sus seguidores, el gobierno dio marcha atrás al desaguisado intentando pasar la página y regresar a la normalidad, pero ya era demasiado tarde para el arrepentimiento.

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