La hoguera de las vanidades, por: Andrés Cañizález

En sus palabras de despedida como secretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), Ramón Guillermo Aveledo puso sobre el tapete la imagen de la hoguera de las vanidades, la cual no sólo es hecho histórico, sino también título de una obra literaria que tuvo una versión fílmica.

Retomo sus palabras: La Unidad es un ser viviente. Con las posibilidades y las limitaciones, con los logros y los fracasos, con las virtudes y los vicios de la vida. La Unidad es una obra. No se hizo sola. No apareció de golpe. En su construcción hay lucha, trabajo, ideas, voluntad de entenderse cediendo posiciones y encontrando propósitos comunes por los cuales hacer juntos.

Hay orgullo por lo logrado, pero hizo falta mucha humildad para poder lograrlo. Es, en cuanto obra, perfectible. La Unidad es un valor. No nos resta, nos agrega y como tal, vale. Obra y valor, la Unidad es también una promesa y, por eso, un compromiso. Esta gran coalición unitaria, tiene como propósito la Unidad Nacional. Rescatar el sentido de lo común mediante la superación de la división, de la exclusión y de la discriminación. Es la Unidad para alcanzar una Unidad más amplia, más profunda y de más proyección que es la de un país diverso donde hay conflictos, pero que es capaz de convivir en paz en su pluralidad, y de resolver con respeto y civilidad sus diferencias, y de trazarse objetivos nacionales comunes y trabajar por solucionar los problemas que a todos nos afectan.

Así que cuando la Unidad promete lo que promete, y proclama que Venezuela somos todos, se compromete a mucho y no puede quedarse corta. No puede enredarse en conflictos que son microscópicos ante la magnitud de la tarea. No puede consumirse en una “Hoguera de las vanidades”. Hasta aquí cito a Aveledo.

Tom Wolfe, hace casi tres décadas puso por título “La hoguera de las vanidades” al libro que develaba las perversiones del poder financiero, junto con la extendida corrupción humana que exhibían sus protagonistas. La expresión proviene de la Florencia del siglo XV y se asocia al monje dominico de nombre Girolano Savonarola, quien en la medida de que fue ganando adeptos con sus sermones éstos se hicieron literalmente incendiarios. La vida de este monje la terminó la propia cruzada que iniciara. Fue víctima de su propio fanatismo. En uno y otro uso de la frase lo que resalta es la capacidad del ser humano para autodestruirse, para sencillamente acabar con lo que está edificado.

El llamado de alerta de Aveledo, usando esta metáfora, tiene pertinencia en la Venezuela demócrata de hoy. Diversos líderes, ahogados en su propia vanidad, apuestan a un cambio pero asumen como verdad única “su” propuesta de cambio, con lo cual el escenario político opositor se asemeja más a una guerra de egos, que a la búsqueda unitaria de un cambio en beneficio de todos, incluyendo los que hoy apoyan a este régimen. La incapacidad que tiene el liderazgo opositor para generar no sólo una alianza política genuina, sino el autismo que marca a muchos líderes, para poder conectarse con lo que propone el otro, y de esa forma consensuar una hoja de ruta común, nos remite lamentablemente a esa hoguera de vanidades, ya no metáfora sino cruda realidad.

Con otras palabras, el jesuita Luis Ugalde fue más directo al decir que si los actores de oposición no logran ponerse de acuerdo y llevar adelante un plan común, en este hora tan desdichada que vive el país (agrego yo), entonces no merecen gobernarnos. Se consumirán en su hoguera de las vanidades.

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