#OPINIÓN ¿Anónimas o Anonomás? #30Mar

Marcantonio Faillace Carreño | Ilustración: Victoria Peña |

<<Arriba el salto, hijo de las manos, esto es una p…>>

<<Original… Arriba las manos, hijo de p…esto es un asalto…>>

Anónima mía

Desde un tiempo para acá empecé a sentir que no estaba sola. Una sensación de espionaje interior va tras de mí. Traté de ignorarle en vano. Si había impostoras a bordo tenía que ir a por ellas. Dominarlas, atar el cabo a tierra. Crecí sin estar al corriente que otras como yo vivían en mí ¿es eso posible?. En este minuto voy relatando sin saber con cuál me entiendo. Admitiendo que seamos tres. Intuyo, soy la que más derecho tiene al mando. La primera en examinar, cómo así, todo esto, en el interior mío. Si lo pienso mejor, soy como la Matrioshka, varias damas dentro de una sola. Puede, con mejor suposición, tal multiplicidad ser sospechosa. Digamos que con alguna de estas proto-tipas que me habitan, no hago amigas. Malicio ser asesina de guardias que disparan a la loca a ver si cazan la liebre que soy. Siento que nada tiene sentido, pero en realidad, si tiene; abajo de un manto arrinconadas sobre el pasaje que no reconozco como propio con aquella rabia acantonada, más bien pueda ser de todas las sentadas en esta insensatez múltiple mía, y en mitad de un capítulo donde van matándose por desconocerse entre sí…

Con el flujo diverso de lo femenil supe atinar la estría donde se surten memorias, digo, la retentiva de todas ellas repartidas en la misma cápsula cerebral. La mujer, como regla donde pegas las variables múltiples. No es fácil ser mujer, no digamos muchas en una misma. A ello súmate lo hormonal, lo dispar de todas, el par de alguna, los hijos de tantas, las compras de muchas, la denuncia entre todas, y además de eso, balancea toda la menstruación mundial en un gran sangrado. Como puede verse a flor de piel lo peor de este universo íntimo en una sola toalla sanitaria.

En casa, la burla se complica rayana en lo ridícula. Nunca supimos quién instaló el café en la estufa sin mi permiso, cuál fue la que se acostó con el sujeto que no sé si es mi esposo, mi hijastro o el carnicero que ahora me ve como lomito grillé en salsa criolla. Cada vez que despierto, me aterra usar el cepillo de dientes, pues podría estar lavándome las caries de cuantas bichas me usan la toilette. Si suena el celular, no sé a quién le respondo y sin embargo saludo como siempre. Como la musiú que ahora veo, que no es la misma que yo, ni ella, la misma de mañana. Tengo que ver cómo hago para calmarme antes que alguna otra me suicide sin darme tiempo, o adelantar un uxoricidio, eso si es que sigo casada y el carnicero no demanda el pago de la deuda de pernil que usualmente sufrago, temo, con Sutra de cama, de una de mis damas de tercería…

He perdido no más. Ahora no me imagino ninguna por no expresarme una cualquiera. A decir verdad, todas lo somos, pero primero muerta que bañada en sangre. Coima respeta gremio y código ¡jódanse cabríos, por no llamarlos cabrones!, y en esa me encontraba cuando timbran la puerta y me asusto a morir, pues quién será, a quién de ésta recua de locas, viene a buscar. Si son por las atrevidas de cama, o las que asesinan al más pintado o la vecina que quiere azúcar o el carnívoro que viene por lomo. Como sea el brete es que ni contesto. Que se joda la visita, tengo muchas dentro y no confío ni en mí que a estas alturas podría ser la peor traidora y echarme a las fieras, mientras me dono una sonrisita de judas, muy fraterna. Desde adentro, grité: ¡No estoy!…

Luego de reír rato largo, ya no sabría si de mí misma, me puse a llorar. Qué otra cosa se puede hacer ante tantas mujeres juntas. Reír de llanto o llorar de risa. Menos mal que entre vaginas nunca hay quórum, pero entre muchos pen-es solo hay pen-dejos en desacuerdo, anda y asómate a la AN, a la Fiscalía o a la Casa del pez que escupe el agua para que escuches el único Clap que nunca aplaude y al único gobierno que solo desgobierna.

En vista de tanta desavenencia convoqué una junta en la sala de la casa, que ahora empiezo a detallar como si nunca hubiera estado ahí. Una cama estilo Isabelino, chifonier Luis XVI, candil de luz alba, dos sillas gemelas escoltando un sofá triple sobriamente tapizado de rosas opacas y elegante organdí. Un olor a perfume se cuela entre la pared rebosante de cortinas de percal egipcio y todo el suelo de parqué, sobrio y liso como un animal, que resbala tan solo de verlos. A ritmo de la que embarga que le am-puteen fino el bisté o que en todo caso lo planche almidonado, llega a la cita la jefa de grupo de libertinas. Casi al unísono el equipo de matonas marimachas representantes del colectivo q-k-s, arriba. Quedo a pie de sofá, como secretaria de debate y turno.

Me tocó pautar las bases de la discusión, pero en la calma tensa, la jefa marimacho empezó a picar el ojo a una de las gozonas, y así empezó el tira y encoje entre vándalas a cuchillo, y bailarinas de la noche. No pude imponer mi ley de reina de garrote vil al punto que recibí un corte de cola que llegó a sacar la peña y procedí a suspender el desorden y disolver la sesión en algarabía. Después de la tempestad, la calma tardó en alcanzar las costas de amazonas en pie de guerra, y a los valles ventrales de las cruzadas en entrepiernas.

Al día subsiguiente desperté vaya usted a saber siendo quién o dónde estoy o si soy la misma. No hay forma de entender quién era quién. Pero ese ahora no es el problema, lo es, poner en orden a quién sabe quién, y toda vez que encuentre dónde carrizo dejé el garrote vil, no vaya a ser que se lo llevara el sobrino por yerro nocturno en una noche loca, espero con otra de mi asociada a planta, tipo Conchita Alonso. Ahora sé que nada camina con una partida de damas partidas. Que la más partida de todas debe ser siempre una. Y como ni yo ni nadie sabe quién es quién, ahora no vuelvo a abrir la puerta, y acaso aspiro venga mi reemplazo a salvarme de mí misma, antes de que me encierre el gobierno por no pagar la carne y pasar hambre, que es como se es buen socialista, y así, si no me agarra el chingo, me agarra la defensora del puesto…

Pero amén de que la batuta de mando la llevo, estoy perdida en mi propio anonimato. Ahora salgo al doctor y estamos discutiendo que mejor desvestido llevarnos, mientras de nuevo se oye la puerta y nadie dice nada, hasta que otra vez esa voz que sale de mil gargantas grita… ¡Aún no estoy!…

Marcantonio Faillace Carreño

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