Venezuela es una tierra hermosa, con un pueblo que, a pesar de las adversidades, nunca ha dejado de soñar con la justicia, libertad y prosperidad. Nuestro país vale cada esfuerzo, cada lucha y cada esperanza. No es casualidad que el Libertador, durante el Congreso de Angostura, nos recordara que “las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; y el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad”. Ese llamado sigue vigente más de 200 años después: hacer una patria grande no desde afuera, sino desde nuestras propias manos, con convicción y con la certeza de que somos capaces de construir un país digno desde adentro.
La soberanía no es un concepto abstracto ni un simple discurso político. La soberanía se traduce en hechos concretos: en respetar la Constitución, en garantizar la calidad de vida de los ciudadanos, en que todos gocemos de oportunidades para el progreso social, en asegurar justicia, libertad y bienestar para todos. La Constitución lo dice claramente en su artículo 5: “La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo”. Eso significa que la verdadera fuerza de Venezuela está en la capacidad de sus ciudadanos de elegir su destino y participar activamente en la vida pública, defendiendo sus derechos y exigiendo que se cumplan los valores republicanos.
Defender la soberanía es también un acto cotidiano. Se defiende en cada espacio donde construimos ciudadanía, en cada oportunidad de participar, en cada esfuerzo por ser mejores ciudadanos y mejores venezolanos. La soberanía se fortalece cuando entendemos que vivir en sociedad es respetar al otro, construir consensos y buscar lo mejor para la nación en su conjunto. En otras palabras, soberanía es hacer República, día a día, con la certeza de que nuestra mayor riqueza es la gente que trabaja, que estudia, que crea y que sueña en este país.
La soberanía también se expresa en la defensa de nuestro territorio. La Capitanía General de Venezuela, que en 1811 se convirtió en nuestra madre República, nos dio un espacio propio para decidir nuestro destino. Desde entonces asumimos la decisión de ser libres y de ser nación. Hoy, esa misma decisión nos obliga a defender con firmeza el territorio Esequibo, que forma parte integral de Venezuela y nos pertenece históricamente. Esa defensa debe darse tanto en lo interno, generando unidad nacional, como en el plano internacional, apelando al derecho y al respeto entre naciones.
La comunidad internacional tiene un papel importante en este camino. No para imponernos soluciones. Su papel debe ser el de mediar a favor de la paz, del entendimiento y del respeto a los principios democráticos. El apoyo internacional puede y debe ser un puente para fortalecer el diálogo y las salidas consensuadas a nuestros problemas. Pero la verdadera construcción de Venezuela no depende de otros: depende de nosotros, de nuestra capacidad de reencontrarnos como nación y de no renunciar a la esperanza. Porque ejercer la soberanía es un llamado también a trabajar por el país y por sus habitantes.
El futuro de la República se construye hoy en la decisión de cada venezolano de defender lo que somos y de luchar por lo que merecemos. Porque Venezuela es más que un recuerdo o una consigna: es la posibilidad de vivir con dignidad en la tierra que nos pertenece, y esa causa vale todos nuestros esfuerzos. Y tengo la certeza que pronto veremos los frutos de todo nuestro trabajo.
Stalin González