Yo también derrocharía muchos “ooooooooh”

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Desde lejos pude ver cuando el señor bien entrado en su setenta años trataba de subir el carrito del supermercado por la acera para continuar hacia su casa, se desequilibró y el carrito cayó con todo su contenido. Quienes estaban cerca y quienes no tanto, corrieron a levantar el carrito y su “mercado”, lo acompañaron hasta el edificio en el que vive; con esa buena voluntad regresaron el carrito a su lugar, ahorrándole al buen señor esa obligación.

En el autobús, el conductor se detiene a un lado y le pregunta al joven que subió si él es Carlos, ante la respuesta afirmativa, el conductor se excusa diciéndole que no tenía cargador y que por ello le devuelve el teléfono sin suficiente batería y añade que a pesar de eso, afortunadamente la tarde anterior le pudo avisar que había dejado olvidado el teléfono en el autobús.

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Esta mañana sin posibilidad de comprar otro pasaje para continuar el viaje de una segunda ciudad a una tercera, el pasajero se lo informó a la interventora en el tren y le pregunta cómo podía trasladarse hasta su destino y ella le comentó que casualmente un pasajero no pudo abordar el tren y que tomara sin costo alguno el puesto que correspondía al llegar a la ciudad 2 para continuar a la ciudad 3.

En ese mismo viaje, una señora invitó varias veces a los pasajeros a tomar una merienda que le había sobrado: ella era la encargada junto a dos más del viaje de descanso para mayores subvencionado por el ayuntamiento y uno de los participantes no pudo asistir, por eso ella ofrecía la merienda que había sobrado conformada por un jugo, una fruta y un sandwich con la explicación de lo que había ocurrido.

Si, tienen razón, estas anécdotas no ocurrieron en Venezuela (no contamos con trenes interurbanos todavía).

Esto viene a cuento debido a los recientes videos que aparentan mostrar graciosa la perplejidad de quienes han viajado al exterior y observan almacenes de ropa, zapatos, tiendas, supermercados y abastos barrio abarrotados de mercancía (sorpresa que me parece incomprensible, solo la justifico ante la escasez que estamos viviendo).

Lo que causa una real y asombrosa impresión al salir de Venezuela es el trato que observamos entre los demás y hacia nosotros, como verdaderos ciudadanos. Un trato que se distingue por su cordialidad, respeto, solidaridad y por si fuera poco ¡preocupación en que así sea! proveniente de cualquiera: de transeúntes, del responsable del transporte público, de un funcionario público y todos desconocidos, porque es allí en donde está el mérito. Conductas como las narradas arriba son las que reclamamos sin decirlo porque queremos y añoramos que nos respeten, queremos volver a confiar en nosotros y hacer lo que nos corresponde sin pedir nada a cambio (esta frase va subrayada). Lograr que nos invada la espontaneidad de solo buenas acciones para derrochar muchos “ooooooooooh”.

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