#OPINIÓN Los costos del colapso

Alexei Guerra Sotillo | Ilustración: Victoria Peña |

El reto de narrar lo que viven los venezolanos, entraña el riesgo de agrietarle el alma y hacer tambalear cualquier ánimo, ante la permanencia de un cuadro de deterioro que cada día se agudiza.

Los responsables de tal deterioro, del ejercicio de devastación de las bases materiales, sociales y morales de Venezuela siguen allí, instalados en el poder, atornillados al cinismo hecho delirio de bondad revolucionaria y grandeza, convencidos de que estarán en esa posición eternamente, responsables e impunes de tanta destrucción y tristeza.

Las tiranías se alimentan del letargo y del miedo. La amenaza es su único argumento. La cárcel, su excusa para sacar del juego a quienes disienten, consecuencia segura para toda aquella mente “confundida” que exija o grite pidiendo el final de esta pesadilla en forma de saqueo socialista y revolucionario.

El modelo económico de inspiración comunista, interventor, enemigo de la libre empresa, sazonado con el celebrado robo y malversación del tesoro púbico, no sólo creó distorsiones inéditas en la historia mundial de los desastres macroeconómicos y monetarios, sino que llevó a la otrora primera empresa del país, PDVSA, a un ruinoso y lamentable estado de quiebra y parálisis operativa.

La hiperinflación, hija inquieta e incontrolable de la inepta gestión económica actual, está aniquilando los restos de paciencia, cordura y capacidad de sobreviviencia del venezolano. A su paso implacable, hace inalcanzables alimentos, medicinas, repuestos, servicios y todo aquello que escasea.

La élite militar-civil en el poder, convirtió a Venezuela en un laboratorio en el cual llevan a cabo los experimentos de control social, de apartheid político, de destrucción de la democracia, de demolición económica y regulatoria, que el mundo pensó proscritos por la sensatez y olvidados en el baúl histórico del fracaso y las experiencias dolorosas ya conocidas. La única guerra económica es la que la “revolución” le declaró al trabajo y emprendimiento como bases de una economía de mercado sana y con garantías para crear y producir.

Sólo altas dosis de irresponsabilidad y maquiavelismo pueden explicar el capricho y obsesión de maquillar la realidad, en lugar de actuar para corregir desequilibrios estructurales.

Quitarle ceros a la moneda, es un espejismo que no solucionará la grave crisis hiperinflacionaria, de recesión y pérdida de potencial productivo y de ausencia de medios de pago y circulante en el país. La propaganda dispara mentiras, pero no oculta la complejidad de la parálisis que vivimos. La “revolución” logró justamente eso, paralizar al país, al impedir la reposición de repuestos, cauchos, piezas y crear las perversas condiciones para que desapareciera el papel moneda, sin el cual no se puede pagar ni un pasaje.

Si no se puede llegar a los sitios de trabajo porque no hay transporte ni efectivo, y lo que se percibe hace rato no alcanza para vivir, el trabajo como valor y paradigma de vida y convivencia social y económica está en crisis.

La hemorragia de problemas crece cada día, mientras el gobierno en trance hegemónico coloca curitas al vapuleado tejido económico nacional. Ni el hambre, ni la muerte por escasez de medicinas o el deterioro de centros hospitalarios, ni las inhumanas colas de ancianos pensionados o personas de cualquier edad para acceder a productos o alimentos a precios menos costosos, ni el cotidiano deslave humano de una diáspora migratoria, parece preocupar a los responsables de tal cuadro.

Ningún sistema, del tipo que sea, puede permanecer durante tanto tiempo en un permanente estado de alteración y caos. El colapso que somos, tiene sus nombres, rostros y responsables. Aunque hoy parezca imposible o una lejana posibilidad, en algún momento, como suele ocurrir en las sociedades y nos lo recuerda la historia, volverá la democracia y legalidad, y quienes han ocasionado este escenario de desastre y devastación, tendrán que asumir los costos del colapso.

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