jueves, junio 23, 2022
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#OPINIÓN Galpones ilustrados: La Universidad de Los Andes, Mérida 1972 #25Abr

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Próximo a cumplir siete décadas de vida, me animo escribir mis memorias estudiantiles universitarias, que comenzaron en 1970 para culminar en 1976. El Nobel de literatura Octavio Paz dice que una gran falla de nuestra literatura reside en el hecho de que en la cultura de habla castellana no se acostumbran las memorias como en el mundo anglosajón. He aquí, pues, una parte de las mías, que recorren un periodo vital que va desde mis 17 hasta los 23 años, en dos de las más importantes casas de estudios venezolanas: la Universidad Central y la Universidad de Los Andes, Mérida. 

Comencemos. 

Medio siglo atrás

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Me han dicho que los grises, pero amables galpones que ocupaban la Facultad de Humanidades y Educación cuando allí estudiábamos hace media centuria, se han convertido ahora en el recinto de una escuela de perros de la Universidad. Fueron unos brevísimos siete semestres que viví en esos galpones con una emoción intensa e indescriptible en la muy ilustre Universidad de Los Andes de comienzos de los años 1970. Mérida nos recibe con inusual calor después de que la Universidad Central de Venezuela fuera ocupada manu militari y cerrada por un largo tiempo que no pude soportar. Era superior a mi entendimiento juvenil aquella terrible situación que defenestró al heroico rector Jesús María Bianco. Sentí que Caracas me rechazaba y entendí con dificultades que debía buscar mi destino más amable y caluroso en otro lugar de Venezuela. Y lo hallé. 

La Universidad Central

El cambio de arquitectura fue brutal. Veníamos de estudiar en los edificios más primorosos y elegantes del mundo, salidos de las intuiciones estéticas del brillante arquitecto Carlos Raúl Villanueva e incorporarnos a clases en unos grises y sórdidos galpones, ayunos de las nubes de Alexander Calder y el Pastor de nubes de Jean Arp, escultura que los estudiantes llamaban La Muela. Pero tenía un cuerpo excepcional de docentes, formados en la Universidad de Caracas o UCV, que de alguna manera reproducían bajo aquellos rústicos techos de asbesto y paredes de bloques, el gozoso y fértil ambiente académico al pie del Ávila del cual procedían.

 Universidad multinacional

Para mi sorpresa, la antigua Universidad andina convocaba estudiantes tan diversos y variados como con los cuales conviví en la capital venezolana: orientales, guayaneses, maracuchos, trujillanos, llaneros, tachirenses y, por supuesto, mis paisanos del semiárido larense que eran muchísimos y competentes bebedores de cerveza. A este variado cuadro se agregaban algunos españoles vizcaínos, ecuatorianos, argentinos, dominicanos, nicaragüenses, colombianos, italianos, peruanos. Pocos “bachis” eran profesionales y casi ninguno tenía trabajo, por lo que éramos estudiantes a tiempo completo.

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Era en esos años la Universidad andina una casa de estudios que crecía de manera exponencial y sus once facultades se llenaban, pletóricas de miles de estudiantes que colmaban sus aulas, residencias, comedores y autobuses. Se reponía la institución del alevoso asalto militar que costó la vida a unos muchachos en la Facultad de Medicina y permanece abierta gracias a la enorme habilidad política del rector emérito Pedro Rincón Gutiérrez, quien impidió una larga clausura como la que sufre la Universidad Central en esos difíciles años del auge de la izquierda insurreccional, el Mayo francés de 1968 y la Renovación Universitaria.

Una beca de la ULA

Juan Hildemar Querales, caroreño como yo y bastante termocéfalo, me invita generosamente a proseguir estudios en la ULA. Me encantó esa idea que me comunica en la Plaza Corpahuaico de Carora. Me inscribe Querales en la Escuela de Letras para agilizarme de esa manera una beca estudiantil, pues era “Míster Solo”, tal como le decíamos a Juan, delegado estudiantil ante la Organización de Bienestar Estudiantil (OBE) de la Universidad. Pronto lo decepcioné al cambiarme a la Escuela de Historia, pues allí estaba mi verdadera vocación: la “ciencia de los hombres en el tiempo”, como dijo Marc Bloch. Posteriormente he descubierto mi vocación literaria y pienso que bien pude cursar ambas carreras. 

Caroreños en la ULA

Convoca de igual manera Querales, el “Agente de Cipol”, a otros coterráneos para ir a Mérida en enero de 1972: Cécil Humberto Álvarez Yépez, Juan María Morales Álvarez, Nelson Martínez, su esposa Ceila Teresa Bianculli Olivo, Alirio Camacaro, a mis hermanos Arnoldo Ramón y Jesús Expedito Cortés Riera, todos egresados del Liceo Egidio Montesinos de Carora, a excepción de Teresa Bianculli que venía del Liceo Mario Briceño Iragorry de Barquisimeto. Como acompañantes figuraban los paisanos Pedro Chávez y Héctor Ávila, quienes no estudiaban en la ULA pero comían en sus comedores y tiraban una que otra pedrada contra el sistema. Recientemente, para mi tristeza, han fallecido ambos casi simultáneamente. 

El espíritu expansivo y abierto de los habitantes del semiárido venezolano nos hizo a los larenses y caroreños establecer prontamente sólidas y afectivas amistades con profesores y estudiantes de la “Facultas”, la manera en que cariñosamente llamábamos a la Facultad Humanidades y Educación. En toda la ULA era reconocido como dirigente estudiantil el larense Macario González, fogoso militante del MIR, quien sufre de expulsión entonces por el Decano de Medicina. Hogaño es un firme opositor del gobierno del presidente Nicolás Maduro. 

Los profesores de la Facultad de Humanidades

Historia del Arte

El decano de Humanidades y Educación era un republicano español del exilio, anciano ya entonces, el Dr. Juan Astorga Anta, al que los estudiantes calificaban errónea y despectivamente de copeyano (social cristiano). Dictaba una asignatura que los marxistas vulgares repudiaban y temían: Historia del Arte, la que dictaba ayudándose de un proyector de diapositivas. Aquella asignatura era “superestructura”, decían en dislocado lenguaje materialista los ultrosos, y por tanto una cosa inútil e innecesaria. Muchos de estos glosadores inveterados de Marx debieron retirar la materia al no poder aprobarla.  

Introducción a la sociología

Mis profesores de primeros semestres fueron Ana Rita Tiberí, una socióloga hija de inmigrantes italianos muy hermosa y amable, recién egresada de la Escuela de Sociología de la UCV. Hogaño se dedica a la poesía, y jubilada se radica definitivamente en la ciudad de Mérida. Puedo decir que sentí una gran atracción por aquella escultural dama que glosaba con sus lindos labios al filósofo francés Augusto Comte. Le eximí la materia. 

Con Marta Haernecker

 Otro docente magnifico fue el caraqueño con estudios en la extinta Unión Soviética, mi amigo Martín Szinetar Gabaldón, quien nos introdujo en el materialismo histórico de la mano de la chilena Marta Haernecker y su manual Los conceptos fundamentales del materialismo histórico. Nos contaba fantásticas historias como la que se hizo amigo del poeta soviético Stuchenko y que recién casado se fue a vivir con su consorte a la parte griega de la isla de Chipre. Hogaño vive en Mérida y regenta una librería especializada en libros usados y de difícil acceso. Me dio prestados varios libros y yo era habitué de su cubículo atestado de libros.  En una ocasión me presenta a su anciana madre, hija del mítico general Gabaldón que se alza contra la tiranía de Juan Vicente Gómez en una aventura que termina en desastre. En mi próxima visita a Mérida lo visitaré. 

Hábitos de estudios

 Los hábitos de estudios nos los inculca el profesor Antonio Pacheco y el poeta trujillano Ramón Palomares, por ese entonces bardo consagrado nacionalmente con su reconocido poemario Paisano, que exhibía allí un nuevo lenguaje poético.  Siempre vestía de blanco y exhalaba tufo trasnochador. Magníficos docentes ambos.  

El hijo de Florentino

La filosofía empirista anglosajona, al tiempo que comentaba a Alexis de Tocqueville, ocupa el semestre a cargo del Dr. Alberto Arvelo Ramos, brillante hijo del autor de Florentino y el Diablo, egresado de la Central y quien se había especializado en la complicadísima filosofía de Hegel en la República Federal Alemana. Era militante del MAS y cuando se echaba palos decía que ese partido fue de su creación con otros pensadores agrupados en la Revista Cambio. Fue de los primeros autores en escribir sobre el fenómeno Hugo Chávez Frías

Antropóloga francófona

Del Caribe francófono, isla de Martinica, procedía la antropóloga Jacqueline Clarac de Briceño, esposa del filósofo políglota apureño José Manuel Briceño Guerrero, un verdadero sabio venezolano. Se comportaba como gran árbitro de la Facultad, pues los asuntos más espinosos se le consultaban a él. La doctora Jacqueline, egresada de la Escuela de Antropología de la UCV, afirma que el mito de María Lionza está en trance de convertirse en religión. Le hice algunas investigaciones, tales como la de Jacinto Plaza, el ánima protectora de los estudiantes, enterrado en el Cementerio El Espejo. Fue una experiencia maravillosa por lo edificante. 

 El filósofo

José Manuel Briceño Guerrero (Jonuel Brigue) nos asombra con su Laberinto de los tres minotauros. Los tres discursos irreconciliables que nos habitan. En El Eneal, pueblito cercano a Duaca, de la mano del Dr. Reinaldo Rojas dicta conferencias en la Casa de la Cultura. Repetía que una tesis doctoral no es mera recopilación de datos, sino que debe crear algún conocimiento. Había estudiado en la muy culta ciudad de Viena, Austria.  Cuando falleció tuve el honor de despedirle desde las páginas del diario El Impulso de Barquisimeto. “La verdadera muerte es el olvido”, fue epígrafe que entonces empleé. Hizo su bachillerato en el antiguo Liceo Lisandro Alvarado de Barquisimeto y era un enamorado de Carora, mi ciudad. . 

Profesor gastrónomo

Antes de ser reconocido como historiador de la gastronomía venezolana y universal, nos dicta cátedra de Economía Política el joven economista pelirrojo y barinés Rafael Cartay Angulo en clases nocturnas amenísimas, cálido ambiente en donde hablaba de su gran pasión y entusiasmo: La transición del feudalismo al capitalismo y la revolución industrial en Inglaterra. Hogaño, releo acá en Carora su libro dedicado a tan importante aspecto de la economía y la ciencia occidental, que me ha servido para contrastarlo con la polémica “cuestión o puzzle de Needham”, del cual hago ahora un ensayo para la Revista Principia de la UCLA.

CAP gana las elecciones

En 1973 gana arrolladoramente las elecciones presidenciales Carlos Andrés Pérez, abanderado del partido que fundara Rómulo Betancourt: Acción Democrática, y lanza el formidable Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho. Nos emocionamos mucho y hasta llenamos planillas como aspirantes a becas, pero historia y literatura no eran áreas prioritarias en esos tiempos de la Gran Venezuela. Solo Juan María Morales logra beca para estudiar en Valladolid, España, pero luego de que nos graduamos en pregrado en julio de 1976. Se hizo discípulo destacado de Don Demetrio Ramos Pérez y dirigió el Bolivarium de la Universidad Simón Bolívar hasta su reciente y merecida jubilación. Es mi gran amigo que comenzó a estudiar Letras, pero luego hizo cambio a Historia Universal, siguiendo mis pasos. 

El Cuervo

Con Juan María y mi hermano Arnoldo (QEPD) cursamos Historia de Venezuela con el irónico profesor trujillano Vitaliano Graterol, amablemente llamado El Cuervo. Tenía una gran capacidad de síntesis al desarrollar toda la historia de nuestro país en ¡un semestre! Inaudito. Recuerdo que en un solo día debí leer a Laureano Vallenilla Lanz y su polémica idea expresada en su libro Cesarismo democrático, obra que tanto interesó al dictador italiano Benito Mussolini. Acaba de fallecer este competente y sarcástico docente trujillano. 

La Revolución de los claveles

En esos años era comentario insistente la guerra anticolonial en Angola y Mozambique, que ganarían a la postre los insurgentes angoleños del MPLA liderados por el poeta Agustinho Neto, ayudados por tropas cubanas con la Operación Carlota, y apoyo soviético. La llamada Revolución de los claveles (1974) que se incuba dentro del ejército portugués era materia tratada en clases de Historia Contemporánea del profesor José Murguey. El Partido Comunista Portugués (pro soviético) estuvo a punto de asumir, para sorpresa universal, el poder en esos días en la Península. El profesor Murguey se hizo un connotado especialista en los ferrocarriles venezolanos del siglo XIX y comienzos del XX. Me asigna en 1975 una exposición sobre la breve revolución burguesa de 1911 liderada por Sun Yan Sen en China. Me puso 19 de nota evaluativa. 

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Entrego de esta manera a mis lectores la primera parte de mis memorias estudiantiles universitarias. Espero que sean de su agrado. 

Continuaré…

Luis Eduardo Cortés Riera

[email protected]

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