Desde mi ventana: La ruptura de tapara

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Papá era un hombre sumamente austero y monacal, sin embargo instituyó -como decreto inamovible- que el 1ro. de diciembre nuestra casa tenía que estar totalmente ambientada para la Navidad:  pesebre armado y adornado con apego a la más estricta tradición, arbolito efusivamente iluminado, chicha de maíz y papelón, resbaladera de arroz, hallacas, bollos,  pan de jamón, turrones y dulce de lechosa. Papá era también un abstemio consumado, sin embargo, el 1ro. de diciembre en la noche abría una botella de brandy y decretaba:

-¡A romper la tapara que llegó la navidad!

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Su efusiva locuacidad, producto de los desacostumbrados tragos, nos divertía muchísimo.  Y a pesar de que el baile no era su fuerte, nos invitaba a bailar, le huíamos despavoridas, aterradas por los pisones que inevitablemente nos daba.  Nunca supe ni averigüé el origen de esa extraña forma de nominar un inicio de fiestas:  ruptura de tapara, la cual es ya parte de la tercera generación de la familia.

Desde  la noche que abría diciembre, la decena de hermanos que éramos entonces,  más unos cuantos primos, amigos y vecinos, ensayábamos y cantábamos aguinaldos con el propósito de “serenatear” al vecindario y a las visitas que llegaban a casa. A mediados de mes y hasta el día de navidad,  la gran aventura consistía en madrugar e irnos a pie -por el medio de las calles- con mamá de comandante y con nuestros cuatros, tambores, furrucos y maracas para asistir a las misas de aguinaldo y luego salir a patinar y tomar chocolate caliente, entre cohetes y neblinas. En una ocasión mamá se quedó dormida y estábamos todos en la puerta de su cuarto esperándola, con los instrumentos y patines en la mano. A Monsito, el hermano mayor, un año más que yo, se le ocurrió prender un triqui traqui en la puerta para que mamá se levantara.  Efectivamente papá y mamá se despertaron con los inesperados tiros.  Papá agarró tal rabieta que nos confiscó los patines y suspendió los madrugonazos por tres días

La música navideña era (y afortunadamente sigue siendo) parte fundamental de las rupturas de tapara, que se multiplicaron y  alcanzaron con el tiempo los jolgorios y celebraciones de los amigos.  Desde muy niña, yo dirigía el conjunto de hermanos y vecinos, cuidando de otorgar el protagonismo solista únicamente a quienes cantaban bien, sin ánimo de marginar a los sordos musicales. Papá nos llevaba muy orgulloso a sus eventos y reuniones navideñas.  A veces todo salía bien, pero en otras surgían unas metidas de pata que nos causaban unos ataques de risa que no nos permitían seguir cantando. El público terminaba riéndose a la par que el grupo de chiquillos alocados, cuya gracia real era romper la tapara para gozo de todos.

Años después las rupturas de tapara ampliaron su radio de acción. Con mis hijos, mis hermanos menores y los hijos de amigos (un tropel de peques con ocho años de promedio), durante varios diciembres organicé un conjunto de aguinaldos para cantar en las reuniones familiares y romper la tapara como era tradición. Más tarde el conjunto se desbordó de gente, cuando los padres decidieron participar. Entonces surgió el grupo Tiplín Bordón.  Durante dos diciembres seguidos unas cuarenta personas entre grandes y chicos nos paseábamos -casi todas las noches-  por plazas, parques y casas de familia a romper la tapara y celebrar la navidad con canciones. El primer ensayo de este conjunto fue en mi casa.  Invitamos al apreciado director de orquesta Leonardo Panigada para que dirigiera los primeros ensayos. Comenzamos con gran seriedad, pero la disciplina duró poco. Nuestro paciente director organizó las voces y nos planteó un repertorio que se canta hasta el día de hoy, sin embargo nos tuvo que dejar de nuestra cuenta por sus múltiples compromisos y ocupaciones.  La primera canción que nos enseñó tenía un juego de voces que repetía rítmicamente: Tiplín Bordón, Tiplín Bordón, como fondo de la melodía.  Ante la ausencia del director, asumió la batuta Fenelón Perera, mi cuñado, un personaje muy particular y con mucho oído musical. El conjunto se fue consolidando, pero no teníamos nombre. Recordando al Maestro Panigada y decidimos que nos llamaríamos Tiplín Bordón.

Cuando me mudé a Caracas me perdí de muchas rupturas de tapara. Con mis hijos ya grandes y la presencia de varios sobrinos que estudiaban en la capital, los 1ros de diciembre nos reunimos los 1ros. de diciembre en mi casa para romper la tapara con música, hallacas y regalos.  La tradición continúa y la rueda de la vida sigue girando.  Tal vez con menos gente de la que quisiéramos. Algunos porque emprendieron viaje a otras galaxias; mamá, extraviada en su mente ausente y otros, tristemente regados por el mundo.  Aunque ya sabemos que quienes están en otras latitudes se han dispuesto a romper la tapara para dar la bienvenida a la Navidad.

Estos recuerdos me han hecho pensar que cada uno de los elementos que conformaban esa Navidad provinciana y sencilla eran unos auténticos regalos, comenzando por los adornos que proporcionaban un colorido inusual a los espacios de la casa (incluida la surrealista nieve artificial en este caluroso rincón del trópico); el disfrute de las comidas decembrinas, producto de las manos amorosas de quienes las preparaban;  la alegría de los villancicos, llamados venezolanamente  “aguinaldos”, como llamamos también a los regalos de esta época del año; los esperados estrenos de ropa; el regalo infaltable con que se aparecían las madrinas y padrinos de bautizo y confirmación y el olor a pintura fresca con que todos los diciembres se remozaban las casas.

Pero, sin duda,  el regalo más preciado era, es y será, esa ruptura de tapara equivalente a romper la rutina con borbotones de alegría, esperanza y afecto compartidos con los seres que uno ama. ¡Feliz Navidad!

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