Arquidiocesana: “Toma tu cruz y sígueme”

La cruz desde Cristo, se convierte no en símbolo de muerte, sino de vida y salvación. No obstante esa Cruz fue escándalo para unos y locura para otros (1Corintios 1,23)

En efecto, ¿cómo puede venir la salvación por una Cruz, suplicio estipulado para los condenados a muerte? Por eso Pedro mismo no entiende ese lenguaje. Sin embargo Jesús, no oculta la realidad de la Cruz y en ella hay un plan salvífico. Cristo ve en ella, la voluntad de su Padre Celestial, como camino a la Resurrección. Los mismos Apóstoles, después de la Resurrección, con decisión afirman “era necesario que el Mesías sufriera” (Lucas 24,25).

La Cruz es un misterio, como lo es la Resurrección, y también el dolor y la vida.

Pero la escritura nos dice: “Cristo murió por nuestros pecados” (1 Corintios 15,3), entonces a través de la debilidad humana, se manifiesta el poder de Dios: de tal manera que “Jesús fue colgado del árbol, como un maldito, para rescatarnos de la maldición de la Antigua Ley” (Gálatas 3,13); por “la sangre de su Cruz, se reconcilia Dios con todos los seres, Él hace de los dos pueblos, un solo pueblo o cuerpo” (Efesios 2,14ss).

Para San Juan, la Cruz  no es humillación sino desde ya, “la gloria de Dios, anticipada”, Juan dice que en la Cruz, está ya el triunfo de Jesús. Así el Apocalipsis, nos enseña que a través de ese “leño” o “Cruz”, se nos da “el árbol de la vida”.

De tal manera que quien en su vida asuma el dolor, el fracaso, desde la fe, unido a la Cruz de Cristo, vence el fracaso, derrota el dolor, y se llena de vida resucitada en Cristo, y así pasa de la muerte a la gloria eterna; este es el sentido de toma tu Cruz y sígueme, en Jesús; claro es el dolor y el fracaso que aparecen, no el que se busca masoquísticamente; porque desde esa misma fe, estamos llamados a vencer el atraso y el subdesarrollo, pero a pesar de eso, somos imperfectos y junto al error humano, aparecerá siempre el sufrimiento, la angustia y la muerte. Pero si cuando aparecen éstos, los ubicamos desde la fe en Cristo muerto y resucitado, resucitaremos victoriosos en esta vida y en la otra. De allí que el no desesperarnos ante la cruz de la enfermedad, la cruz del sufrimiento, la cruz de las tribulaciones, la cruz de la muerte, sino con todo valor, serenidad y alegría lo sabemos encausar desde la fe, en Cristo muerto, se transforman en triunfo, en Resurrección en el Señor. Por ello pues tratemos de vivir, lo que Jesús nos dice: “Toma tu Cruz y sígueme”.

Santo Padre

¿Cómo quiere Dios que sea la familia?

VATICANO, 10 Sep. 15 / 10:36 am (ACI).-

“Una familia feliz, equilibrada, que lleva dentro la presencia de Dios, habla por sí misma del amor de Dios por todos los hombres”.

“es más importante en tanto que la imagen de la familia –como Dios la quiere, compuesta por un hombre y una mujer en vista del bien de los cónyuges y también de las generaciones y de la educación de los hijos– es deformada mediante potentes proyectos contrarios ayudados por colonizaciones ideológicas”.

“para ayudar a las comunidades cristianas a discernir las situaciones concretas de estas personas, a acogerlos con sus heridas y a ayudarles a caminar en la fe y en la verdad, bajo la mirada de Cristo Buen Pastor, para tomar parte de modo apropiado en la vida de la Iglesia”.

Iglesia en marcha

La Escuela Misionera Evangeli-zadora, (antigua Escuela de Nuevos Ministerios); participa: inscripciones los días 19 y 26/09 de 9am a 12m. (Bs. 200,oo). Inf.: 0414-5273200

Evangelio

Marcos (8,27-35): En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»

y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.» Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Mons. Antonio José López Castillo

Arzobispo de Barquisimeto

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