Notas Pastorales: “El Sacerdote, Buen Pastor en Cristo”

Mons. Antonio José López Castillo Arzobispo de Barquisimeto |

“…Pero el que entra por la puerta, es Pastor de las ovejas. A ese le abre el guardia y las ovejas atienden su voz. Y él, va llamando por el nombre a sus ovejas… Camina delante de ellas y las ovejas lo siguen porque conocen su voz.

En este día celebramos la festividad del buen pastor: Cristo. Por lo tanto hoy es día también del Sacerdote o Padre, como lo llama nuestro pueblo. Y además de Cristo, ¿Quién es ese pastor bueno? No es otro que el Obispo, pero también sus colaboradores más inmediatos, los Sacerdotes o Presbíteros. Por lo tanto nos referimos al Padre, educador, investigador, como también el Vicario Cooperador, pero sobre todo al Sacerdote Párroco.

 

¿Quiénes son estos hombres?

Los Presbíteros tomados de entre los hombres y constituidos a favor de los hombres, en lo que a Dios se refiere, para que ofrezcan dones y sacrificios por los pecados.

Y conviven como hermanos, con los otros hombres. Así como el Señor Jesús… habitó entre nosotros y quiso asemejarse en todos nosotros, a excepción del pecado (hebreos 5, 11; 2, 17).

Ese Sacerdote buen Pastor, que se desgasta con alegría, desde la ciudad o desde el campo, con los pobres y los ricos, con los ignorantes y los sabios, él ejerce su triple función como Maestro, Santificador y Guía.

Pues bien, ese hombre que vive en el mundo, sin ser del mundo, ese Sacerdote, buen Pastor, entrega su vida a los demás con fe sincera, sabiduría divina y servicio abnegado.

Él es amigo, hermano y pastor, para el niño, el joven, el adulto y el anciano. Él es un buen pastor, porque acompaña al niño desde su nacimiento, derramando el agua bautismal sobre él, purificándolo del pecado original, e incorporándolo en Cristo, Camino, Verdad y Vida: en una palabra, haciéndolo Iglesia pueblo de Dios. Él le dice con su vida, al niñito o niñita, blanco o negro: “te queremos, ven a la vida, estamos contigo”. El Sacerdote, es buen pastor, porque en esa gran plegaria, la Eucaristía, como celebrante y a través de todos los sacramentos alimenta la fe de su pueblo, los acerca a Dios y acerca a Dios a ese pueblo, muy especialmente los domingos, enfervoriza a su comunidad, diciendo: “este es el sacramento de nuestra fe”. Y al concluir, con una sonrisa de amigo les dice: “vayan en paz con Dios, a vivir desde esa fe”.

Él es el buen pastor, porque desde el Confesionario como juez misericordioso absuelve de todas las culpas, devolviendo la paz, la alegría al corazón y al rostro de tantos seres humanos. Ese Sacerdote, todo bondad expresa: “no peques más, tus pecados te son perdonados, vete tranquilo”. El sacerdote, párroco, profesor, comunicador, capellán, vicario, es buen pastor, porque se acerca al enfermo con cariño, a fin de darle ánimo, hacerle compañía en su soledad, suavizar sus penas desde la fe; y por la unción sacramental, hace que se sienta amado por Dios, como su hijo y también recuerde que su paso por el tiempo es fugaz y que la eternidad es vida para siempre.

El sacerdote es el buen pastor, porque bendice, como testigo oficial, la unión de un hombre y una mujer para forjar un hogar cristiano, en donde siempre exista amor, confianza, alegría y santidad.

Él procura desde su oración y palabra que los esposos permanezcan unidos, en el amor, tal cual como Cristo ama su Iglesia. Él es guardián del amor entre padre e hijos. En fin él desde Dios, defiende la estabilidad familiar, su felicidad y hermosura en las malas y en las buenas. Él anhela que cada hogar sea una Iglesia doméstica, un remanso de amor y fe.

El Sacerdote es el buen pastor, porque él ora y enseña a orar. Él habla de la eternidad, pero también del tiempo, porque sin ser político partidista, debe levantar su voz en nombre de la justicia, la verdad y el bien. A veces no sabe como hacer, porque se mueve entre lo humano y lo divino. Porque él escucha el lamento de Cristo: “no tienen que comer”,   pero también el mismo Cristo le dice: “no sólo de pan vive el hombre”.

Él vive, algunas veces en paradojas, entre luces y sombras, pero el Señor le susurra al oído, “no temas yo estoy contigo”.

Querido Sacerdote, admiramos tu entrega, valoramos tu abnegación y servicio. No olvides nunca que fue Cristo, quien te llamó. Recuerda que el pueblo te necesita y te quiere. Sigue siendo bueno y santo, vence las dudas, no te canses nunca, porque el Señor es tu pastor y nada te faltará.

Te felicito hoy y cada día, te acompañamos cuando sufres y cuando estás contento. Te digo con Jean Guitón: “ganaran siempre si se sitúan con alegría, fuerza y sencillez, dentro de su terreno propio e inconfundible: el Sacerdocio. Les pedimos ante todo, que nos den a Dios, especialmente por los poderes que solo ustedes tienen: absolver y consagrar; les pedimos que sean  hombres de Dios, portadores de la palabra, distribuidores del pan de vida, representantes del eterno, entre nosotros”

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