Domingo de Solemnidad de Pentecostés “Reciban el Espíritu Santo”

Mons. Antonio José López Castillo | Foto: Archivo |

“Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: reciban al Espíritu Santo…” (Juan 20,22). Celebramos hoy la festividad litúrgica de Pentecostés, o efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia.

Pentecostés es el coronamiento de la Pascua. Por cuanto, tanto la resurrección, como la Ascensión y Pentecostés son tres tiempos diferentes de un mismo misterio; o sea, el misterio de Cristo que se realiza en Pascua, se confirma en la Ascensión y llega a su plenitud en Pentecostés: como el cumplimiento de la promesa hecha por Jesucristo de enviar sobre los suyos el Espíritu Santo.

Analicemos su significado como acontecimiento de salvación.

 

Efusión del Espíritu Santo, promesa cumplida

Por cuanto Pentecostés realiza lo anunciado en Ezequiel (36,27): “Infundiré mi Espíritu en ustedes para que vivan según mis mandatos y respeten mis órdenes”.

Cumple lo dicho por Juan el Bautista: “Detrás de mí viene otro mucho más grande que yo y no me atrevería, ni siquiera de rodillas, a desatar la correa de su calzado. Pues yo los bauticé con agua, pero Él, los bautizará en el Espíritu Santo” (Marcos 1,7-8)

Y es, finalmente, la realización de la promesa de Jesús: “Dentro de pocos días,    seréis bautizados en el Espíritu Santo” (Hechos 1,5).

Reunión de la comunidad mesiánica

Los profetas anunciaron que los dispersos, serían reunidos en la montaña de Sión, y así la asamblea estaría unida en torno a Yahveh.

Pentecostés realiza en Jerusalén la unidad espiritual de los Judíos y de los Prosélitos de todas las naciones; atentos a las enseñanzas de los Apóstoles, a la Comunión, a la Fracción del Pan y a las Oraciones.

Aquel prodigio, de escuchar  el mensaje, cada uno en su propia lengua, (Hechos 2,5-11), demuestra que la comunidad mesiánica se abrirá a todos los pueblos sin excepción. La división realizada en Babel, llega a su término en Pentecostés, a la luz del seguimiento en Cristo.

 

Misión evangelizadora

Pentecostés, es el punto de partida del espíritu de Misión, como testimonio evangelizador; es lo que nos enseñan los Hechos de Los Apóstoles (1,8): “Recibirán, una fuerza, el Espíritu Santo… entonces me serán testigos en Jerusalén, en toda Judea  y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Pentecostés, inaugura el tiempo de la Iglesia, Pueblo de Dios, que en su peregrinación, recibe del Señor, el Espíritu que la reúne en la fe y en el amor, la santifica y la envía a evangelizar  a todos los hombres. Es el Espíritu Santo, quien nos impulsa a orar, a vivir de los sacramentos, a poner en práctica las enseñanzas de Jesús, a ser Misioneros del Evangelio. Él nos llama con Juan Pablo II a la nueva evangelización.

Hoy imploremos con la fuerza del Espíritu, por todos, pero muy especialmente  por la santificación de los Obispos, Sacerdotes, Diáconos, Religiosas, Religiosos, Seminaristas, Formandos y Laicos.

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