#Opinión: . Por: Rafael García Hernández

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«A nuestra razón le es virtualmente imposible
asimilar que un hombrecillo solitario derrumbara
a un gigante en medio de sus limusinas, de sus legiones
de su muchedumbre, de su seguridad» (Norman Mailer)

El Boeing 707 (el Air Force One) tocó pista en Maiquetía entrando de Este a Oeste, giró 180 grados en la cabecera Oeste y retornó recorriendo la pista en sentido contrario para entrar por la pista del Este.
Eran las 9.15 de la mañana del sábado 16 de diciembre de 1961. Tiempos de democracia. Frente al terminal de pasajeros, se había aglomerado la gente portando pancartas de bienvenida y banderas.
El presidente J.F. Kennedy y su bella esposa, Jackeline Bouvoir, fueron recibidos por el presidente Rómulo Betancourt y la Primera Dama, Carmen Balverde de Betancourt. Luego de los actos protocolares, ambos presidentes abordaron una limusina Linconl Continental blindada y con techo transparente removible, traída especialmente desde Estados Unidos.
Se habían tomado todas las medidas de seguridad para evitar que pudieran repetirse los hechos violentos que tres años antes habían puesto en peligro la vida de Ríchard Níxon en su visita a esa misma ciudad. Al día siguiente, 17 de diciembre, Kennedy visitó el Panteón y depositó una corona en el sarcófago de El Libertador. Una espesa multitud ansiosa por ver en persona a la pareja presidencial cuya simpatía y carisma eran ya de impacto mediático nacional y global, se aglomeraba en los alrededores. Entre los curiosos y admiradores de la pareja, estaba ese día, quien estas notas escribe, a la sazón cursante del cuarto año de derecho en la UCV, El objetivo principal en la agenda del visitante era fortalecer los lazos con América Latina a través del programa de Alianza para el Progreso (Alpro) para lo cual se destinarían inicialmente veinte mil millones de dólares con el fin de mejorar la vida de los habitantes del Continente. Kennedy representaba una esperanza.
Dos años más tarde, a las 11.40 del día viernes 22 de boviembre de 1963, el Air Force One aterrizó en el aeropuerto de Dallas. La comitiva presidida por J.F. Kennedy, en un Lincoln blindado descapotable se dirigió al centro, con intervalos de paradas para que el Presidente saludara a la gente. A las 12.30, entró en la Plaza Dealey y avanzó por la calle Houston, curiosamente con los vidrios bajos, y luego de pasar en el cruce con Elm, quedó frente al edificio del Almacén de Libros Escolares de Texas, a una distancia de 20 metros.
En el segundo piso de dicho edificio estaba apostado Lee Harvey Oswald, de 24 años, comunista, ex infante de marina, armado con un rifle de fabricación italiana -de cerrojo modelo carcano 91/38- provisto de mira telescópica, a la espera del paso de la caravana. En tres oportunidades disparó. El primer disparo fue desviado por un árbol, rebotó en el cemento e hirió a un testigo. 3,5 segundos después disparó nuevamente y alcanzó a Kennedy por detrás, saliéndole la bala por la garganta, e hiriendo al gobernador de Texas, John Connally. La escena es impactante y dramática: El Presidente deja de saludar al público y Jackeline tira de él para recostarlo al asiento. 8, 5 segundos después del primer disparo, un tercero y mortal, impacta de lleno en el occipital derecho, explotándole el cráneo.
En una de sus última novelas, cuyo título es «22/11/63/», Stephen King -monstruo de la narrativa de suspenso- nos recrea, ficción de por medio, con las incidencias de Jake Epping o George Amberson, profesor de inglés en una pequeña ciudad de Maine, quien valiéndose de un inverosímil artilugio se traslada al pasado, concretamente a noviembre de 1963, para impedir el asesinato de Kennedy, y evitar así, como consecuencia, la guerra de Vietnam, que su sucesor, Johnson, declararía después de su muerte.
Pese a que logra evitar el crimen, a su regreso al futuro, el protagonista se informa que JFK, de todas maneras falleció, por otros motivos; y que su acción en el pasado ha generado graves cambios en virtud de lo que él llama efecto mariposa, según el cual, si alguien mata una mariposa en China, quizá dentro de cuarenta años, o de cuatrocientos, se produzca un terremoto en Perú, es decir, que cualquier suceso en el pasado puede tener graves ramificaciones a posteriori.
En esta novela, amena y por lo demás recomendable, pero quizás no una de sus mejores obras, el autor se aparta de su acostumbrado estilo y nos sumerge en el pasado, en una historia de amor donde el protagonista se involucra además en los hechos que culminaron con tan lamentable magnicidio, ocurrido ya hace cuarenta y nueve años, y que con este artículo trato de rememorar.

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