La kakistocracia: El gobierno de los peores

Cuando un gobierno dura mucho tiempo se descompone poco a poco y sin notarlo. Montesquieu
El filósofo político Michelangelo Bovero utilizó el término para describir el régimen político italiano de finales del milenio: “Un tipo de gobierno plutocrático-demagógico-autoritario. Basado principalmente en la idiotización mediática de grandes masas electorales”.
Cualquiera que estudie el proceso político venezolano constatará que el país ha transitado hacia una kakistocracia, especialmente en las últimas dos décadas.
Haciendo un evalúo de escenarios concisos: el Presidente de la república con baja preparación académica y experiencia gerencial, el diputado Diosdado Cabello es un golpista arrogante que coarta el derecho de palabras de otros parlamentarios. Incertidumbre en los resultados electorales, la inscripción y hasta votación de muertos, irregularidades en los procesos de contrataciones públicas. Campañas electorales e institucionales que carecen de sustancia. No hay un plan económico integral, ni un plan de salud, ni un plan para la educación y menos un plan anti-crimen que arroje resultados positivos y minimice el temor social sobre la integridad física.
Hay parches y frases demagógicas como “tenemos patria, un fallecido vive y la lucha sigue…” escuelas del siglo veintiuno recién construidas pero poco funcionales y cifras “maquilladas” de empleo y crecimiento económico que desafían la credibilidad. La idiotización mediática culmina con anuncios de resentimiento y traición.
Venezuela se encuentra en un estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización estatal está controlada y dirigida por actores políticos que ofrecen toda una gama: desde ignorantes, corruptos y electoreros, hasta bandas y camarillas sagaces sin escrúpulos. Valga resaltar que no se trata sólo de los miembros en el alto gobierno nacional, pues también existen diputados y candidatos que no representan algo más allá de poca capacidad gerencial de la cosa pública.
La democracia ha tenido tantas definiciones y ha sufrido muchas tergiversaciones, su significado ha quedado en tal magnitud confusa que permite prácticamente a cualquiera emplearla para casi cualquier uso y con disímiles objetivos, sean lícitos o ilícitos. Una kakistocracia cuenta con todo el poder, el dinero y los recursos, pero poca voluntad política existe para mejorar y al contrario, todo empeora.
En Venezuela, a pesar de acciones inspiradas en muy buenas intenciones, quienes siempre lucharon contra las perversidades del sistema, terminaron erigiéndose en los más dignos (¿o indignos?) representantes de aquello contra lo que siempre lucharon, y es que no hay nada como luchar contra el gran poder, hasta tenerlo para acabarlo, y terminar haciéndose (y asiéndose) de él y aplicando medidas peores de las sufridas con tal de asegurarlo.
Vaya un llamado de conciencia ciudadana, la panacea venezolana recae en asumir corresponsabilidad con las transformaciones sociopolíticas de manera activa.
Se trata fundamentalmente de un espíritu, de una inspiración, de una exigencia profunda de la conciencia individual y de la conciencia colectiva. Se trata de tender hacia abajo –mera gravitación- o de tender hacia arriba –afán de perfección-. Se trata de exigir y de exigirse menos o de exigir y de exigirse más. Se trata, en fin, de ser rebaño o de sentirse y actuar como persona humana. Porque la kakistocracia no sólo es un atentado contra la ética –ya de suyo infinitamente grave- sino también contra la estética, una falta de buen gusto, un atentado contra el desarrollo integral y la óptima convivencia.

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