Autoridad moral

“Se quedaron asombrados de su enseñanza porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad” (Marcos 1,22)

Creo que es uno de los pasajes bíblicos en donde se elogia a Jesús, de una forma explícita y profunda.
Se le presenta como un ser coherente, auténtico, como quien de verdad, podía hablar ante las multitudes, porque poseía verdadera autoridad moral.

En cambio, pienso que es éste al mismo tiempo uno de los más grandes reproches; es una de las críticas más agudas y significativas, que se le pudo haber hecho a los letrados, escribas y fariseos.

Se le dice, que ellos no convencían; que eran unos payasos, pantalleros, que no merecían confianza y ni tenían credibilidad ante el pueblo, porque les faltaba testimonio.

Creo que aquellos letrados, cuando enseñaban, no se preparaban bien, decían cualquier cosa, lo primero que se les ocurría, improvisaban, sin veracidad, sin profesionalidad. Seguramente enfocaban parcialmente las temáticas, sin objetividad, sin analizar todos los aspectos; manifestaban una sola visión, excluyendo otras; esconden parte de la verdad, no la presentan íntegramente. Manipulaban la enseñanza. Decían solo lo que les convenía decir; silenciando la otra parte de la verdad. Por eso engañaban; desinformaban y por lo tanto perdieron confiabilidad. Se les vio apasionados, parcializados. Llenos de prejuicios. Pero jamás creíbles. Ellos quedaron sin autoridad.

Hoy por hoy, es tan importante mostrar todas las caras de la moneda; evitando fanatismo y simples subjetividades. Por lo tanto ser sectarios, aparentando no serlo, es grave.

Cuando la verdad plena se enseña, y aparece sin ningún tipo de temores, entonces ella brilla esplendorosa, como lo hizo Cristo. Si así se actúa se podría hablar con credibilidad.

Seguramente los letrados hablaban con arrogancia, con soberbia, probablemente eran inmisericordes. Pero ellos aparecían como “los buenos”, “los considerados”.

Su objetivo era humillar y hacer sentir su autoritarismo. Veían a las otras personas como seres inferiores.
Por todo eso, aquellos escribas fueron tratados como despreciables. No tenían autoridad moral. No convencían a nadie, era solo terrorismo virtual.

Aquellos personajes fustigados por Cristo y por el pueblo, sólo repetían mecánicamente las consignas doctrinales. Eran megáfonos humanos.

Repetían, repetían sin vida lo que enseñaban, vivían sin entusiasmo, como simples funcionarios, ya cansados y quejumbrosos. Siempre anclados en su pasado, sin relación con el presente, ni mucho menos con el futuro.

Era un hablar sin vinculación con la vida, con la existencia. Totalmente desencarnados; sin referencia al hombre, ni a la historia.

Emitían sonidos que no llegaron jamás, a sus auditores. Quienes escucharon aquellos ruidos quedaron igual o peor que antes de oírlos.

En fin, aquellos letrados al ser rechazados, perdieron su lugar.
Esos escribas no podían convencer, porque sólo eran payasos públicos; por cuanto descaradamente decían una cosa, pero hacían otra.

Le imponían cargas pesadísimas al pueblo, pero ellos no asumían ni el más ligero peso. Daban muchos consejos y ellos no los practicaban. Hablaban de luchar contra los que no cumplían la ley mosaica, pero ellos eran los primeros en infringirla, hablaban de la verdad y mentían.

Enseñaban fraternidad y odiaban. Decían hablar con Dios, pero no creían en Él. “Serpientes”, sepulcros llenos de podredumbre”.

La autoridad ante todo es moral, quien no posea esa condición, se vuelve falso.
Jesús llegó a afirmar: “hagan lo que ellos dicen, pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen”.

Así pues, el pueblo los despreciaba. Perdieron confiabilidad hasta el punto que cuando hablaban nadie les hacía caso. Porque hablaban sin derecho, ya que habían perdido el respeto.

Pienso que este texto del Evangelio tiene tanto que decirnos a todos. El se explica por sí mismo. Que así sea.

 

 

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